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YAMILA MORALES ESTÁ TRISTE. Esteban, su vecino, le ha dicho que ya no quiere seguir con ella. Yamila camina sola durante largo rato y luego se sienta a un costado de la cancha de polvo donde entrenan Las Panteras. La cancha es muy grande para tan pocas chicas. Sólo ocupan la mitad más cercana a los focos del alumbrado público. Después de algunos ejercicios viene el juego. Les falta una para armar dos equipos de siete. Yamila acepta. La rabia y la pena la empujan a correr sin descanso. Es rápida. Y fuerte. La invitan a integrarse a Las Panteras. Juegan todos los fines de semana el Intercomunal organizado por la ANFA. Yamila se gana un puesto de titular. Aunque sólo hay dos reservas y la entrenadora es también la defensa central. Y la capitana. Yamila juega de lateral derecho. Lateral-volante, le explica la capitana. Sube y baja, defiende y ataca, durante todo el partido, incansable. A mitad de campeonato, Yamila se entera de que Esteban está saliendo con una chica de otra villa. Sufre un bajón futbolístico. No se concentra, no regresa a defender a tiempo, pierde balones fáciles. La dejan en la banca durante los siguientes dos partidos. Pero Yamila se sobrepone. Recupera el puesto justo antes de los cuartos de final. Y Las Panteras siguen avanzando. Juegan la final contra el 21 de Mayo de Puente Alto. En las tribunas está Esteban. Viene a ver a su novia. Ella es la arquera del 21 de Mayo. Sólo tres goles en ocho partidos. El campeonato se decide a último minuto. Un penal dudoso que ninguna de Las Panteras se atreve a patear. La capitana dice estar acalambrada. Entonces Yamila toma la pelota, decidida. Se para frente a su rival, dispuesta a definir el campeonato. Esteban observa de pie, apoyado sobre una viga de madera, con una lata de cerveza en la mano. (en Porotos granados, Catalonia, 2008).
Luis López-Aliaga Roncagliolo (Santiago, 1968) Ha ejercido la crítica literaria y la crónica en diversos medios periodísticos nacionales y del extranjero. Dirige talleres de narrativa, escribe de literatura en www.revistareplica.cl y www.60watts.cl y trabaja como guionista de televisión. Es autor de los volúmenes de cuentos Cuestión de astronomía (Grijalbo-Mondadori, 1995), Premio Municipal de Literatura y Premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, Bazar Imperio (Lom, 2005), y El bulto (Calabaza del Diablo, 2010). Además de las novelas Fiesta de disfraces (Grijalbo- Mondadori, 1997), El verano del ángel (Dolmen, 2001), y Primos (La Calabaza del Diablo, 2011). 8 9
Aquel verano todos hablaban del Campeonato Sudamericano que se jugaba en Santiago. Descubrí la revista Estadio; vi en sus portadas a los grandes astros sudamericanos, fui conociendo sus nombres, famas y figuras, y los colores de sus camisetas, la celeste uruguaya, la verdeamarilla de los brasileños... Y vi a los jugadores que representaban al deporte nacional mezclado con el patriotismo: Juanito Alcántara vistiendo la entonces blanca camiseta de Chile, los despejes del Huaso Florencio Barrera, las "chilenas" del Chico Vásquez, las vistosas atajadas del Sapo, colgándose de la pelota en el aire.

Los chilenos habían derrotado más o menos fácilmente a los colombianos y a los ecuatorianos, como todos esperaban, y luego vencieron por uno a cero a los uruguayos y empataron a uno con los argentinos, con sendos goles del puntero izquierdo Desiderio Medina, los dos a los dos minutos del primer tiempo, tomando centros enviados desde la derecha, uno con una espectacular palomita, el otro metiendo justo la pierna izquierda, y se me grabó la figura del arquero argentino Ricardo, vencido, quedándose pegado al piso, conteniendo el salto que habría resultado ya demasiado tardío, mirando entrar la pelota con sus ojos de gato agazapado sin poder hacer nada.

Se acercaba el último partido de Chile, decisivo, contra el Brasil. Si los chilenos ganaban alcanzarían el título de campeones, compartiéndolo con los argentinos, y justo, ese día se nos descompuso la radio. La mandarnos arreglar, apresuradamente, pero el Negro Leiva nos dijo que de ninguna manera podría tenerla lista para esa noche. Yo estaba desconsolado. Roberto, al saberlo, me dijo:

–Lo puedes oír en la casa de mis tíos.
Roberto era un par de años mayor que nosotros. A veces nos trataba como a cabros chicos, compasivamente. Solíamos conversar (y discutir) con él, sentados a la sombra de un aromo frente al seco pastizal donde se levantó después la mansión de los Meneses, y que mientras tanto hervía de langostas, que aleteaban sobre los arbustos, y de lagartijas, que se deslizaban bajo los matorrales. Roberto había cumplido ya los dieciséis, era un joven, y nosotros andábamos recién en los trece o los catorce. Yo cumpliría catorce a fines de marzo. Roberto venía todos los veranos de Santiago a pasar unos días con sus tíos, vecinos nuestros. El tío de Roberto era viajante. Un señor gordito, medio calvo, que solía partir y regresar periódicamente con una maleta. Su esposa era una mujer más bien baja, de pelo castaño; parecía querer aumentar su estatura con un peinado crecedoramente alto y con los grandes tacos de corcho de un par de zapatos que se ataba con unos cordones en el empeine. 10


No tenían hijos, y vivían en una casita entrando por un costado del chalé de dos pisos de los Adriazolas, a quienes les arrendaban la casita. Esa noche Roberto ya no estaría, pues debía volver a Santiago, y tampoco estaría su tío, porque, como era viajante, andaba viajando. Estaría la tía sola.

–Te puedes ir a escuchar el partido a la casa de mis tíos– repitió protectoramente Roberto.

Esa tarde, antes de irse a Santiago, pasó por mi casa y me dijo que ningún problema, que su tía le había dicho que bueno, que fuera no más con toda confianza, esa noche.

Fui. La señora me hizo pasar al dormitorio matrimonial, donde tenía la radio sobre un velador, cerca de una de las dos camas, que se hallaban un poco separadas.

–Préndala usted mismo. Porque usted sabrá dónde quiere sintonizarla. Yo nunca escucho partidos; no entiendo nada de deportes– dijo, como si eso fuera motivo para pedir disculpas.

El partido comenzó, como estaba programado, a las diez de la noche. Los partidos nunca se atrasan, empiezan siempre a la hora.

La señora entraba y salía de la pieza.

–¿Cómo van? –me preguntaba por preguntar– ¿Siguen igual?

Yo hasta ese momento no había visto nunca jugar un partido, y no conocía muy bien las reglas. Chile había conseguido ya un gol, anotado por el puntero derecho, Manuel Piñeiro, pero se lo habían anulado por una falta cometida por el jugador, debidamente penalizada. Me pregunté qué falta pudo haber cometido Manuel Piñeiro, y cómo sería sancionado además de anularle su gol, si no lo llevarían detenido los carabineros al terminar el encuentro.
En el segundo tiempo, ya eran más de las once de la noche, la señora, después de haber entrado y salido varias veces tanto del dormitorio como del baño y la cocina, se sentó frente a mí, pero en la cama más distante y, mirándome, se descalzó para meterse vestida en la cama. Yo no tenía más remedio que verla –o cerrar ostentosamente los ojos o, más ostentosamente todavía, volverme–, pues ella me había puesto cerca de la radio, junto al velador, una silla colocada justamente hacia las camas. Metida bajo la colcha y la sábana de arriba, ella se fue desvistiendo. Se sacó primero el vestido, quedando en enaguas. Luego se sacó las enaguas para ponerse una camisa de dormir. Yo trataba de no mirarla. 11


FERNANDO EMMERICH LEBLANC (Valparaíso, 1932)


Narrador y ensayista. Su obra, novelas, volúmenes de cuentos, ensayos y crónicas, ha sido traducida al portugués y al alemán, y ha obtenido innumerables premios en Chile, Brasil, España y Estados Unidos. Profesor de literatura y del idioma español en colegios y universidades de Chile y Alemania. Ha sido director, redactor, columnista y colaborador en diversos medios periodísticos chilenos (El Mercurio, La Nación, La Estrella de Valparaíso, Qué Pasa) y de la revista alemana Humboldt. Representó diplomáticamente a Chile en Alemania.

Ella me dijo:

–Perdóneme que me desvista en esta forma, pero como tenemos tan poca confianza, pues nos venimos conociendo recién…

Me pregunté qué querría decir. ¿Que si nos tuviéramos más confianza, si nos conociéramos mejor, ella se habría desvestido sin meterse debajo de la colcha?

Pero no seguí pensando en eso, porque se produjo el gol de Brasil, marcado por Heleno de Freitas, el centro-delantero que había salido en la portada de la revista Estadio luciendo su pinta de actor de cine, como había comentado mi tía Teresa («en vez de salir en el Estadio pudo aparecer en la tapa del Ecran"). Chile no pudo empatar y el partido terminó con el triunfo del Brasil por la cuenta mínima, y sentí la primera de las numerosas tristezas y frustraciones que sufriría durante mi vida debido a mi condición de chileno, causadas por derrotas deportivas, muchas ante los brasileños, precisamente. Al terminar el partido apagué la radio. Ya iban a ser las doce de la noche. Le di las gracias a la señora.

–¿Se va? –preguntó. Luego:

–¡Qué pena! iQué pena que perdimos!

Pero no parecía sentir mucho la derrota. Me miró fijamente. Y:

–Por favor, cierre bien la puerta– me pidió cuando yo iba saliendo.
Volví tristemente a mi casa, doliéndome la gran oportunidad que habíamos perdido esa noche frente al Brasil. 12 13

Una de las gratificaciones de la profesión de periodista es que le permite a uno conocer a personas a las que ha admirado en una cancha de fútbol. En 1988 reuní para la revista Triunfo a los gigantes de Talca, los arqueros argentinos, nacionalizados chilenos, de Rangers, Walter Behrends y Arturo Rodenak. En 1998 volví a entrevistarlos juntos, ahora para la revista Don Balón.

En esos años los hinchas bromeaban con que Rangers compraba los arqueros por metros… "Por nuestra estatura, nos saludamos desde dos cuadras de distancia y por el tamaño de las manos en lugar de guantes podríamos haber usado guateros", sonreían. Contando únicamente los partidos oficiales, el Flaco Behrends defendió a Rangers en 169 oportunidades; Palitroque Rodenak, en 93 y lo dirigió como entrenador 138 veces. Behrends llegó a Talca en 1953 y cuatro años después recomendó a Rodenak, "mi compañero en Gimnasia y Esgrima de La Plata. Con él asistíamos dos o tres veces por semana a las milongas y así hicimos la amistad". En 1957, Rangers debía varios meses de sueldo a sus jugadores y "por esas cosas de los dirigentes" se determinó que solamente los que salieran a la cancha recibirían dinero. Entonces, los compadres se turnaron para acusar lesiones inexistentes: "El campeonato tenía 26 fechas y cada uno actuó en 13". Sin darnos cuenta, se cayó en el tema de la edad. "Tenemos la misma edad y somos del mismo barrio", anunció Behrends, quien enseñó espontáneamente su cédula de identidad donde rezaba: Walter Carlos Behrends Danovara, nacido el 24 de septiembre de 1929. Rodenak exclamó: "Él se tiró al agua solo. Yo soy menor dos años" y sacó su documentación: Arturo Emilio Rodenak Karaba. Fecha de nacimiento: 13 de abril de 1931.

–¡Qué venís a lesear! –lo insultó Behrends–. Tenés los papeles arreglados, si vos sos de octubre y te llevo 20 días… ¿Qué tontería es esa de que naciste en abril?".

–¿Le crees a la libreta de enrolamiento (servicio militar)? –se defendió Rodenak–. Te la muestro en mi casa.
Luego, relajado, Rodenak confesó: "Cuando jugué en Bolivia, en el Oriente Petrolero de Cochabamba, cierta vez se me acercó el presidente del club con una revista en la mano y me preguntó: ‘¿A qué edad debutó usted en Primera División?’. Le respondí que a los 16 años. El presi continuó: ‘Eso entendía yo, pero aquí en Mundo Deportivo aparece el pibe Rodenak; según la fecha y la edad que usted dice, tendría que haber debutado a los seis años… ¿Qué vamos a hacer?’ Yo le pedí: ¡regáleme la revista!".14


En agosto de 1960, Behrends se lesionó en un partido con Colo Colo en Talca. Como en esa época no se permitían los cambios, un compañero se puso al arco y el Flaco se fue de puntero derecho. Y así le convirtió un gol de cabeza a los albos.

Otra de Rodenak: "Yo jugaba en Audax Italiano y el Chico Orlando Villegas, de Ferrobadminton, arrancó en contragolpe en el estadio Santa Laura, pero llegué primero. Cuando tenía la pelota en las manos, a la pasada me tocó el trasero… Rechacé el balón con el pie, todo el mundo, incluido el árbitro y los guardalíneas, se quedaron mirando la pelota, y con el revés de la mano le pegué en el tabique nasal. Resultó fracturado. No había camilla y con el rostro bañado en sangre lo sacaron en unos sacos paperos… Un diario tituló: ‘Matonaje en el fútbol. Un grandote golpeó a un chico’ (mayo de 1964). En el Tribunal de Penas me dieron dos fechas de castigo y una multa del 15 por ciento del sueldo. A los integrantes les sugerí, che, ¿no pueden ponerle que fue un accidente de trabajo? Años después nos encontramos y Villegas me abrazó, dijo que yo lo había hecho famoso".

Otra de Palitroque: "Luego del 5-0 al Ballet Azul en el Estadio Nacional (agosto de 1963), una multitud nos esperaba en la estación de trenes de Talca. Levantaban a los jugadores y los llevaban hasta la plaza. Para evitar eso, salté un muro de metro y medio, pero al otro lado había dos metros de profundidad. Me saqué la mugrienta, me hice una herida en la ceja izquierda, en la cabeza y quedé todo magullado. Tengo más huesos quebrados que un dinosaurio de museo…".

–Ya sé –intervino Behrends que no se había rendido–. Cambiaste la foto de tu hermano, él es de 1931.

Uno de los chascarros inolvidables de Rodenak tenía que ver con Honorino Landa, de Unión Española: "Una vez en el estadio Santa Laura, el Nino me quitó la gorra, la escondió bajo la camiseta y tuve que correr para quitársela mientras el público se mataba de la risa. El árbitro era Mario Gasc. En otra ocasión, hizo lo mismo en el estadio Fiscal de Talca, lo perseguí hasta la mitad de la cancha y cuando lo alcancé, delante del juez Domingo Santos me preguntó: ‘¿Cuál jockey?’. Se lo sacó de entre el pantalón y me dijo: ‘Te lo regalo’. En 1987 viajé a Santiago a los funerales del Nino Landa y Alberto Fouillioux me gritó: ‘¿Viniste a buscar la gorra?’ Tiene humor negro el Tito, ¿eh?".
El lunes 24 de septiembre de 2012 me llamó por teléfono Arturo Rodenak, desde Talca. Me agradeció dos veces –antes ya lo había hecho– una nota que le 15

Luis Urrutia O’Nell (Chomsky) (Rancagua, 1951)
Estudió en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Ha trabajado en diarios y revistas, es profesor universitario y panelista del programa de televisión Todos contra todos (VTR). En 2008 recibió el Premio Nacional de Periodismo Deportivo. Ha publicado ocho libros: Historias Secretas del Fútbol Chileno; Historias Secretas del Fútbol Chileno II; Anecdotario del Fútbol Chileno; Historia de la Clasificación Sudáfrica 2010; Anecdotario del Fútbol Chileno II; Tómala, métete, remata; Colo Colo 1973, el equipo que retrasó el Golpe, y El Ballet Azul.

hice en mayo pasado. Le señalé a mi pareja: "¡Se está despidiendo!". Lo mismo le dije ese día al colega Juan Cristóbal Guarello. La noche del miércoles 26 de septiembre el profesor Juan Carlos Guzmán, un amigo talquino, me informó de la muerte de Palitroque…
Los dos gigantes chacoteaban con la edad y la sonrisa los asemejaba. Quizá la diferencia fue que en tanto Walter tomó el fútbol en serio y la vida en broma, Arturo tomó el fútbol como espectáculo y la vida en serio… No es frecuente que dos personas tengan tantas cosas en común: nacieron en Argentina, en La Plata, vivían en el mismo barrio, fueron arqueros, jugaron en Gimnasia y Esgrima de La Plata, vinieron a Chile, defendieron a Rangers, medían 1,91 metro, pesaban 90 kilos, calzaban 45, se nacionalizaron (Behrends en 1958, Rodenak en 1962), se radicaron en Talca, sufrieron diabetes, les amputaron la pierna izquierda, murieron en Talca (Behrends en 2005, Rodenak en 2012) y están sepultados en el mismo cementerio, pese a que la ciudad tiene tres. 



"Los marcianos han llegado ya a jugar fútbol al Monumental" Poeta Jorge Ragal
Yo no creía en los marcianos. Ni siquiera cuando leí Crónicas Marcianas de Ray Bradbury. Pero una noche entró un marciano por la ventana de mi pieza (no es chiste), se sentó a los pies de mi cama y me empezó a hablar de fútbol.

Sabía tanto de fútbol el marciano, que no tuve tiempo ni de preguntarle su nombre. Sabía que Fernando Riera había sido el deté de la Roja en el mundial del 62 –será una fiesta universal/ del deporte del balón–, ubicaba a Germán Casas, cantó canciones de los Ramblers, hasta me habló del enfoque taoísta del fútbol de Riera, ese del "toque-toque-toque: el gol sale solo" que le carga al gran Eduardo Bonvalet, pero es la clave del éxito de Barcelona, que deja lona a sus rivales al sumarle, a este viejo esquema exitoso, afluencia y velocidad.

La carucha verdosa del marciano resplandeció un instante bajo el efecto radiante de la lechosa luz de la luna: un ojo glauco; el otro, cerúleo. Muy bellos: achinaditos. Como los del Chino Lihn. Debido a que no sentí miedo ni lo discriminé (por ser marciano) (y de Marte) (los contactados dicen que son más bellos los venusianos) y me encantaba escucharlo hablar de fútbol, se le soltó, aún más, la lengua y tipín dos de la mañana, se fue "en volá", como diría la Pati, y empezó a darme las formaciones de la U de los 60, San Luis de Quillota de los 70, el Colo de los 80, Unión la Calera de los 90, Palestino del 2000, y hasta del actual Temuco de Marcelo Salas que, según él, tiene alas, no sólo en los talones de los pies, sino en su inmortal alma astral universal.

Me cayó bien el marciano. Buena onda. De repente quise hablarle de cine, y me dijo:

–Qué más películas quieres que tus propias películas mentales y la película incesante de la vida cotidiana, y si quieres películas de acción, te llevo en mi nave espacial y viajamos por el Tiempo ilusorio a la Guerra de Vietnam.

Pensé: el fútbol lo apasiona más. Entonces, y para sorprenderlo, le dije – parejito, de corrido–, la formación del Lazio de los tiempos de oro de Marcelo Salas. Y se la dije parejito y de corrido: Marchegiani, Negro, Nesta, Mihajlovic, Pancaro, Sensini, Simeone, Ravanelli, Stankovic, Verón, Nevdev, Salas.

Se puso de pie, a lo Pedro Carcuro, y aplaudió. "Bravo, bravo –dijo– el que cultiva la memoria construye un palacio en su conciencia, hecho de imágenes y dulzura" y se puso a hacer dibujitos con una pelota imaginaria imitando a la Bruja Verón, en el círculo central del piso de tablas de mi pieza luminosa.
–A ver, ¿en qué equipo jugó Iván Zamorano, cuando Marcelo Salas jugaba por Lazio? 18


No vaciló: "por el Inter, junto a Di Baggio, Peruzi y Seedorf; corría el año 2000".

Ya estamos en el 2013. El tiempo vuela, le dije. "No, son ustedes, los terrestres, los que vuelan, de planeta en planeta, encarnación tras encarnación, de galaxia en galaxia. Son muy afortunados. En cambio nosotros, los marcianos, estamos encadenados a Marte, como la pelota a la red o el banderín del corner a un ángulo agudo de 30 grados.

Pelota en la red, pelota en la red: mató-mató-mató-mató, canté, e ipso facto nombró a Ernesto Díaz Correa. ¿Cómo podrá un marciano oír a un relator de fútbol? ¿Tendrán radios a pila? Una pila de preguntas se apiló en mi cabeza. Me puse las pilas y le pregunté por los tres mejores arqueros chilenos de todos los tiempos.

Dijo que el mejor arquero de Chile había sido Cóndor Rojas, seguido de Osbén y Sapo Livingstone; encontraba fuera de serie a Gustavo Dalsasso de Everton y a Felipe Núñez de Palestino.

Luego me dio una cátedra de fútbol, la que resumo al máximo: manifestó que Chita Cruz fue mejor que Chumpitaz; expresó que Rosenthal fue el Romario del Pacífico, y se fue al Glasgow de Escocia demasiado temprano; alabó el fútbol sinfónico de Bielsa; destacó al ingeniero Pellegrini; criticó al Fantasma Figueroa por enojón; soslayó los errores de Beckenbauer (pasaba de Chile a Alemania como si nada) (los marcianos son cuánticos: saltan del punto A al punto C sin pasar por el punto B) (como la poesía astral del poeta Ragal); fustigó las falencias defensivas; puso entre paréntesis la idea que "no hay mejor defensa que un buen ataque"; valoró el fútbol italiano, pero discrepó con dejar todo al contrataque: no en vano el Imperio Romano cayó por esquemas demasiado defensivos; se abstuvo de opinar de la frase de Valdano: "El fútbol es un juego que consiste en cerrar y abrir espacios". Le exigí al menos una sola razón. Esto dijo: "¿Y qué pasa si un equipo sale a la cancha decidido a defenderse SIN EL MENOR INTERÉS EN ABRIR LA DEFENSA RIVAL? Le basta el cero a cero. ¿Deja de jugar al fútbol por eso?" Allí me dejó marcando ocupado. Allí me cayó la teja –recién–que era hiper lúcido. Más inteligente al menos que Valdano, que es muy, pero muy inteligente.
Tras cartón, evocó a Elías Figueroa: "de Calera, siendo una caña de bambú, pasó a Santiago Wandereres, y en Wandereres se convirtió en un roble enorme; todo quien pasa por Wander’s (así dijo: Wander’s), como Moisés Villaroel, o Juan Olivares, el Gordon Banks del equipo caturro, y tantos otros, será futura estrella cristalizada.19


Y dele con Wanderito. Y Valparaíso: uno de los 5 puertos más mágicos del mundo. Los conocía todos. Incluido el Puerto de Palos, de donde zarpó Colón a descubrir América en 1492.

Y ahí, sentadito, muy cómodo, a los pies de mi cama, recordó ese año cuando Jorge Peineta Garcés, tiró parriiiiba a "Wanderiiiito". Así dijo: Wanderiiito: alargando 3 veces la letra i, tres veces.

Y yo cachúo como dice la Pati, qué onda, socio, tanto con Wandereres, y ¡¡¡otra vez!!!, como si fuese ventrículo del colosal relator Nicanor Molinare de la Plaza –parejito y de corrido– nombró, uno por uno, a la verdosa oncena porteña, como sus propias mejillas verdosas: Toro, Garrido, González, Robles, Villarroel, Neveu, Vergano, Pérez, Vega (Marcelo Vega) Otta, Soyo y Navia ¿El Choro Navia? Sí, el mismísimo… Choro… Navia…

A esta altura de mi relato, quiero decir que, la semana pasada, en el Monte, a 15 kilómetros de la noble ciudad de La Calera, según el diario El Mercurio de Valparaíso, murió de un infarto al miocardio, una anciana, al "entrar por la ventana de su pieza un ser no identificado y sentarse a los pies de su cama".

Alcanzó a llamar –por celular– a su única hermana, a la ciudad de Limache.

Eso había leído yo, en El Mercurio de Valparaíso, la semana pasada.

Pensar en eso me puso estúpido. Al estúpido ponerme, se me vino la noche encima: quizá este enano verde no sea tan inocente. Eso pensé. Pero no, era mi propia mente: me estaba sugestionando. ¡Qué culpa tenía él, quizá el ser traslúcido, más angélico del universo entero, de mi falaz ignorancia humana; de mi total "falta de conciencia cósmica", como diría Stephen Hawkins, de nosotros.

Estuve al "borde" de meterme un autogol.

Nuestra mentecita "loca" nos mete "autogoles" estúpidos impresionantes.

Seguro: leyó mi mente (son telepáticos). Y plim plim plim, más veloz que una finta de Garrincha, zarpó, a la noche inmensa, en su fúlgida y melódica nave espacial.

Se fue por un "pliegue" de la antimateria cósmica.
Sólo alcancé a… VER –con nitidez– (Matta) una vistosa insignia de Santiago Wandereres, con sus 3 estrellas, –58, 68, 2001– dibujadas de manera prolija y 20

Erick Polhammer (Santiago, 1955)

Es profesor de castellano y Licenciado en Estética, titulado en la Universidad Católica. En poesía, es Premio Municipal de Poesía y Premio Pablo Neruda. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías, diarios y revistas dentro y fuera del país, como Revista La Bicicleta, El Mercurio, Apsi, Revista Fibra, etc. Jugó de 5 y 8 en las inferiores de la U.C y Magallanes. En la actualidad es académico universitario, Presidente de la Unión de Poetas de Chile y Ministro de la Felicidad del nuevo movimiento político cultural "Por un Chile Participativo y Feliz".

exquisita, a un costado tornasol de su pequeña nave holográfica, parecida a los autos "huevitos" de los 60, y me puse a llorar de emoción.

Cuando dejé de llorar, dirigí la vista hacia mi almohada, y sobre ella, el visitante cuántico había dejado escrito, sobre la funda blanca, a modo de graffiti, con tinta verdosa, como de tinta instantánea, esta frase:
EL HOMBRE ES UN GOLAZO DE DIOS. Cuando se fue en el OVNI, caché, por la insignia, que era de Wanderito. 21 22

Siempre esos partidos eran aburridos, como el clima de las tres de la tarde, viscoso, la atmósfera pegadiza y esa canícula brutal que ardía en la mollera. Alrededor serpenteaba una lentitud de espanto. Apenas unos atrevidos caminaban un trecho con una botellita de líquido adherida a la comisura. A esa hora jugaba el equipo de la Tercera División, dando inicio a la larga jornada de la tarde. Y había que sacrificarse frente al calor montaraz. En eso consiste la pasión, el fútbol vital. Llegaba buena cantidad de público que desafiaba a esa pesada gelatina sin ventilación y se perdía la siesta del domingo; había motivo para ir a la cancha. Jugaba El Pájaro, un arquero sensacional, ágil, un poco loco, de físico esmirriado, huesudo, con una chasca desmedida, caótica, que le raspaba los hombros y le daba un aire de Sansón en decadencia; con fama de imbatible, de acróbata de los tres palos, atajaba como quería, con una mano, levantando una pierna, usando la cabeza, bajándola de pecho, y hasta colgado sobre el travesaño.

El famoso guardavalla tenía una costumbre algo rara, que asomó siendo niño: apenas comenzaba el partido subía al travesaño de un brinco. De pie o sentado en la madera observaba el partido, a veces liando un cigarrillo, chupando una caluga o parado cuan largo era. Cuando el trámite del pleito invitaba a un festín de bostezos, daba órdenes, gritaba a todo pulmón con su voz ronca y reclamaba aplicación a sus compañeros. Naturalmente, lo hacía para que despertaran. También aplaudía las buenas jugadas y nunca dejaba de rezongarle al árbitro. Frente a una maniobra de real peligro en su área, se impulsaba como un resorte a la cancha y con un cálculo impresionante tapaba los disparos, evitaba goles, cortaba centros cabeceando la de cuero, o volaba desde esa altura para sacar con la mano los tiros a media altura. Alejado el riesgo, volvía a la altura de los palos con suprema naturalidad. De vez en vez, se distraía contemplando las vastas y lejanas geografías. Parecía un mono atajando pelotas, un librepensador o un ángel que añoraba regresar al lecho de los cielos.

La gente lo aplaudía a rabiar. ¡Los fanáticos vienen a disfrutar a esos pocos que rompen los esquemas y se salen de la abulia formal de las cosas!

La imagen de verlo meditabundo, sentado o caminando por la madera era de una belleza indescriptible. El escaso público reconocía con palmas su originalidad.
Los árbitros no sabían si era lícito que jugara encaramado en el travesaño. De modo que sólo le pedían que no fuera a lastimarse. El Pájaro reía casi indolente. Se tenía fe. Confianza. Para él resultaba más seguro estar en el 23


aire que pisando el suelo. Contaba que veía mejor los engaños, las burlas y las gambetas de los rivales –y las injusticias de los ricos, por supuesto–, filosofaba. Entonces, si la situación lo requería, volaba para contener los avances. Era una costumbre que desarrolló desde la tierna infancia, cuando vivía más en las copas de los árboles, en los tejados de las casas, que en la quemante tierra; odiaba el dolor de las calles, la contaminación humana y el hedor insano que emanaban los basurales.

El récord de subir y bajar en un mismo cotejo lo realizó un domingo 1 de noviembre, se elevó y descendió treinta y tres veces, similar al número de años de Jesucristo. "Nunca fui más feliz que aquella vez", recordaba a menudo con luminosa nostalgia.

Naturalmente, en muchas ocasiones le encajaron sendas dianas desde treinta y cinco metros de distancia, que lo sorprendieron. Lo dejaron sin reacción. Eran los costos de la audacia. Empero, se había dado el lujo de atajar lanzamientos penales, ubicado en el centro del travesaño, ¡arriba! Nadie, ni él siquiera, podía explicar cómo pudo llegar a esas pelotas golpeadas con bronca a doce metros de la línea del pórtico.

En una oportunidad, un puntero vivaracho le mandó un potente tiro a media altura. El Pájaro, antes que sacara el disparo, intuyó la intención del jugador y en una décima de segundo ya estaba preparado: cuando vio que el balón transitaba velozmente por el firmamento, se colgó sujetando los pies en el madero y desvió el esférico balanceándose con la rapidez de un chimpancé. Hasta el árbitro celebró el invento.

En cambio, cuando el partido era aburrido en extremo, se recostaba a lo largo del travesaño, como si estuviera en la playa mirando la pletórica belleza de un mar en calma, sacaba desde las medias un cigarrillo –no podía estar sin fumar–, lo encendía y parecía feliz de la vida trepado en esa altura del arco. Un par de ocasiones permitió soberanamente que los rivales marcaran un gol para avivar la contienda y entretener a los fanáticos que lo venían a ver.

El Pájaro fue realmente un excelente golero. Podría haber jugado en Primera junto a las demás estrellas del Unión Milán: lo perjudicaba su peculiar estilo. Varios entrenadores le ofrecieron subirlo de categoría a cambio de "civilizar" su forma de jugar. No le interesaban este tipo de ofertas. Las desdeñaba.

–Si lo hago, muero como jugador y persona; yo así entiendo la vida… –explicaba.
A decir verdad, no le importaba en cuál equipo lo ponían, sino que le permitieran jugar donde más se sentía feliz y se divirtiera: arriba del travesaño.24


Alguna vez alguien le preguntó por qué atajaba de esa manera, y contestó que el puesto de arquero era una especie de desgracia, había que aliviarlo con algo de locura y de poesía, entonces se le ocurrió aquello de subir al palo, caminar y correr de memoria sin caerse, mientras el gentío gozaba de lo lindo y sus compañeros defendían la redonda en la mitad de la cancha. "Las grandes creaciones del mundo se han conquistado con un pie más arriba de la tierra", solía decir en la sede del club. Pocos atendían sus palabras.

Para desdicha de él y de su hinchada, sobrevino una tarde negra.

Su equipo disputaba el tercer lugar en el campeonato. Era el último pleito del año. Y llegó demasiada gente. Incluso merodeaba la cancha un periodista de un diario popular que quería escribir una nota sobre el insólito guardavalla.

Los nervios traicionaron a sus compañeros y al entrenador. En el camarín le suplicaron que, ¡por única vez!, defendiera el arco abajo, a la manera tradicional.

–¡No puedo! –respondió El Pájaro–. Va contra mis principios –y remató– Además un periodista de un diario está preparando un reportaje sobre mi forma de jugar.

No lo convencieron.

Y el partido empezó. Apenas pudo, voló ágilmente hasta el travesaño. Mientras peregrinaba por la madera, con las manos en la cintura, chascas al viento, un fotógrafo le sacó varias instantáneas. Parecía un pájaro de carne y hueso desafiando a la raza humana. Por primera vez el entrenador insistía a viva voz que descendiera de los palos. El Pájaro escuchaba la demanda, pero la ignoraba con evidente desdén.

Atajó un par de pelotas fáciles. Quiso la suerte que alcanzara a desviar de manera espectacular un balón que se colaba en el "rincón de las arañas". Voló hasta el otro extremo para salvar su valla.

Aplausos endemoniados del público y nuevas peticiones del entrenador y de sus compañeros para que jugara a ras de piso. Volvió a ignorarlos.
Se cumplían casi treinta minutos del primer tiempo, cuando un delantero del equipo contrario sacó un disparo impresionante; él vio el movimiento del pie izquierdo, mas no pudo adivinar la trayectoria del balón, que se acercó haciendo cabriolas, un zigzag extraño, como que iba a un lugar y luego se desviaba, y acabó por golpear de forma violenta en pleno abdomen de El Pájaro, quien reaccionó tardíamente, embolsando el balón contra su 25

Reinaldo Edmundo Marchant (Santiago, 1958)

Es autor de una veintena de libros, cuatro de ellos de cuentos literarios de fútbol, relatos que figuran en antologías latinoamericanas y también han sido seleccionados para una película que se filma en México. Fue el Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile más joven en su historia. Ha obtenido numerosos premios literarios en Chile y en diversos países, entre ellos el Premio Nacional de Novela Andrés Bello en 1988.

estómago, afirmándolo seguro en los guantes; sin embargo, el impacto le hizo perder el equilibrio, sus pies se enredaron y cayó desgraciadamente dentro de su arco. Gol. Lo tapizaron con garabatos de grueso calibre, recordándole las zonas nobles y reproductoras de sus más preciados familiares. Para colmo, el entrenador lo cambió...

–¡No te quiero ver más! –le gritó el técnico, ofuscado.
El Pájaro, avergonzado, cariacontecido, entristecido como jamás se le vio, dio media vuelta, se sacó los guantes, los botó, y echó a caminar por la línea del ferrocarril. En el trayecto se detuvo para quitarse los zapatos, haciendo un nudo con los cordones y colgándolos, a la manera de un animal cazado, en el hombro. Iba llorando. Desapareció bajo esa tarde que recordaba a los difuntos del mundo. Lo último que se le vio fue la chasca flotando a medida que se perdía. Nunca más regresó. Se retiró del fútbol. La sombra de su cabello fue la única imagen que la gente recordaría muchos años más tarde, porque la otra imagen, aquella de verlo pendido en el travesaño, arriba de la tierra quemante, que evocaba a un sufriente Cristo, ésa había que haberla visto para contarla: ¡era de una belleza indescriptible! 26 27

Días antes de que empezara el Mundial del 62 mi papá me llevó al estadio Braden y me enseñó mi asiento numerado. "Vamos por Millán hasta que llegamos al estadio. Entras a la galería Rengo y buscas el número 960, que está en la quinta fila de asientos, al lado derecho del marcador". Era una indicación fácil y de hecho al momento de ingresar al partido inaugural no me costó nada dar con la ubicación. Me pareció que los demás murmuraban llenos de admiración: "Mira, a la edad que tiene ese niño y ya sabe llegar solo al estadio". Lo intuía en ciertos gestos del público, pero ahora pienso que pesaba más mi fantasía.

En Rancagua jugaban Argentina y Bulgaria. A los 3 minutos Argentina metió un gol en el arco sur, el único que hubo en el partido, un disparo cruzado, y una pila de argentinos se puso a celebrar en las tribunas; no recuerdo nada más. A esa misma hora Chile debutaba en Santiago con Suiza y los pocos espectadores del estadio Braden estaban más preocupados de lo que sucedía en el Estadio Nacional que del encuentro que veían con sus propios ojos. Cada vez que allá Chile hacía un gol, acá se escuchaba un griterío y los equipos se desconcentraban, pero seguían jugando. Todos los asientos habían sido cubiertos con cojines de maicillo y haciendo una gracia yo volví con seis cojines a la casa, "de recuerdo". Mi mamá me esperaba en la puerta y gritó de alegría. Mi papá recién apareció en horas de la madrugada: los triunfos de la selección le sirvieron de excusa perfecta para farrear de lo lindo durante los 17 días que duró el Mundial.

La señorita Olaya, que era nuestra profesora de música, nos enseñó a los miembros del coro el himno nacional de Argentina y nos llevó a cantarlo a la Escuela 9, que guardaba el pabellón del país vecino. La Escuela 9 era la escuela de niñas y estaba al lado de la Escuela 1, de niños, donde yo estudiaba, mejor dicho donde iba a clases, ya que por esos tiempos aún no me había puesto responsable. Ambas escuelas públicas se habían construido hacía poco tiempo; al frente se levantaban los enormes muros de la cárcel, desde donde se había fugado el preso Cobián, dicen que acusado injustamente de asesinar al dueño del diario El Rancagüino, pero ese es otro tema. El hecho fue que días antes del Mundial en la Escuela 9 se organizó una modesta ceremonia de homenaje a la selección argentina, a la cual asistieron todas las estrellas del plantel. Al finalizar el himno los jugadores se nos acercaron y el arquero Roma me dio la mano.
Mi papá, que siempre fue democrático y protector, había comprado dos abonos, que le costaron carísimos. La primera serie de boletos, para su uso, 28


correspondía a los partidos del Estadio Nacional, donde jugaba Chile y donde se desarrollaría una semifinal y la final. El otro abono fue para la sede de Rancagua, que repartió entre el Lucho, el Julio y yo. Para el partido de cuartos de final entre Hungría y Checoslovaquia, que vimos los cuatro en Rancagua, compró entradas extras. Además hizo un canje con su vecino de asiento en Santiago. Cada uno sacrificaba dos partidos a cambio de poder asistir con un familiar a otros dos. Así el Vitorio (debut y despedida, por ser demasiado chico) pudo ver en Santiago a Italia versus Suiza. A mí me llevó a ver a Alemania contra Suiza.

Tenía 9 años y confieso que no vibré con el Mundial; los partidos no me quitaban el sueño. Para mí el Mundial fue más un magno evento deportivo, una obligación imperdible, la noticia del año, que una pasión. Mientras Chile enfrentaba a Brasil, disputa que le podía dar nada menos que el paso a la final, yo jugaba a las bolitas detrás del quiosco del tío Pablo. La final entre Brasil y Checoslovaquia me la perdí porque preferí ir a la matiné del cine Rex. En cambio mi mamá, que no entendía nada de fútbol, acudió esa tarde soleada del 17 de junio a la Plaza de los Héroes, donde se instaló un televisor que transmitió a la masa de rancagüinos el triunfo de Brasil. La definición del tercer puesto la vi por televisión en una casa de la población Rubio que generosamente abrió sus puertas a los vecinos. El living se llenó de gente, habría unas 30 personas, y yo por ser niño me senté en el suelo, muy cerca de la pantalla. Para ver televisión en Rancagua en esos años había que conectarle al receptor una antena gigantesca que captara la señal emitida desde Santiago. De ese partido recuerdo unos monos que se desplazaban por la cancha en blanco y negro entre los miles de puntos de nieve titilantes que ensuciaban la pantalla. Aun así, al momento del gol de Eladio Rojas en el último minuto, Chile jugando prácticamente con ocho hombres, todos saltamos como locos en la habitación.
Para mí el Mundial se fue agigantando con el tiempo. ¡Ese partido con Rusia en Arica! Lev Yashin, La araña negra, desconcertado ante el zurdazo de Leonel. Y el tremendo taponazo de Eladio Rojas desde 30 metros, algunos dicen 35 y ya hay quienes hablan de 40. La noche de esa histórica victoria se me grabó a fuego una frase del maestro Lucho, pronunciada en mi casa. "Ya estamos entre los cuatro primeros", comentó eufórico el hermano de la tía Lila, que se ganaba la vida como carpintero. Todo se veía movido. La gente corría de un sitio a otro de la casa. La frase del maestro Lucho a la que aludo fue dicha en la cocina; me parece que la dijo de lado, pero al momento siguiente la cocina estaba vacía. Todas las luces se encontraban encendidas y de cualquier rincón irrumpían ecos de voces triunfales.


Sergio Mardones (Rancagua, 1953)

Cursó sus estudios en el Liceo Óscar Castro y luego en la Universidad de Chile, donde se tituló de periodista. En la empresa El Mercurio ha obtenido cinco veces el premio a la mejor crónica del año. Ha sido dirigente del Colegio de Periodistas y presidente del Sindicato de Periodistas de El Mercurio. Finalista en concursos de cuentos de revista Paula y diario La Época, ha publicado dos libros: Parábolas del dr. Vicious y Actas secretas del Club de la lengua de vaca.

Luego de ese triunfo vino lo esperado, la profecía autocumplida. Habíamos volado demasiado lejos, llegamos a los pies del Olimpo y al levantar la cabeza vimos algo así como el castillo de Kafka. No hay vacantes; laureles reservados hace cien años. La tragedia estaba escrita, sólo había que representarla en el teatro griego a cielo abierto. Debía perderse con Brasil; se perdió con Brasil. Debía ganársele a Yugoslavia; se le ganó a Yugoslavia. Pero debía ganársele con heroísmo; se le ganó con heroísmo. Nunca en la vida hubo algo más perfecto para Chile; el tercer puesto encajó como pieza de un rompecabezas mitológico. Se juega el último minuto, Chile espera el espantoso alargue con tres hombres lesionados que hacen número en la cancha del Estadio Nacional, impresionante zapatazo de Eladio, Marcovic desvía la pelota, el arquero Soskic se retuerce y llega tarde, la pelota se anida en el fondo de la red y el estadio se levanta, se le hinchan las venas del cuello a Julio Martínez Prádanos, se inicia el paseo de Riera en andas, los jugadores dan la vuelta olímpica, la Plaza de Armas de Santiago aplaude por la noche a un negro de Brasil montado en un caballo blanco, Brasil gana al otro día el título y en Praga los checos se levantan el lunes a mirar los diarios en los quioscos, se detienen en la foto de Mauro con la copa Jules Rimet y siguen caminando, no compran el diario, el Mundial se ha terminado.

Los archivos fílmicos que hasta hoy siguen sumándose en Youtube han creado una interpretación particular de ese momento de la historia. Para los más jóvenes el Mundial del 62 es un episodio de media hora en blanco y negro; sería inconcebible que aquello equivaliera a "nuestros días", en que el mundo está normal, viste normal, camina corre y piensa normal. El pasado tiene algo de ridículo, aun en la forma de hablar de las personas. Supiera la gente cuán parecida es; no lo creería. Dicen que los hombres prehistóricos sentían celos y que había dramas pasionales en la cueva de Altamira. No puede ser, si eran poco menos que animales.
Participa en el primer concurso de cuentos de fútbol del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes

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