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EL FÚTBOL TAMBIÉN SE LEE

Publicación a cargo de Soledad Camponovo Llanos (CNCA)

Edición y producción editorial: Miguel A´ngel Viejo Viejo (CNCA)

Dirección de arte y diseño de portada: Soledad Poirot Oliva (CNCA)

Corrección de textos: Gerardo Valle González (CNCA)

Diseño y diagramación: Alexei Alikin



© Consejo Nacional de la Cultura y las Artes

Registro de Propiedad Intelectual no 236.592



ISBN (papel): 978-956-352-057-6

ISBN (pdf): 978-956-352-058-3

www.cultura.gob.cl

Distribución gratuita. Prohibida su venta.

Se autoriza la reproducción parcial citando la fuente correspondiente.

En este libro se utilizó para el cuerpo de texto principal la tipografía

Australis, creada por el diseñador chileno Francisco Gálvez, fuente



ganadora del Gold Prize en los Morisawa Awards 2002 de Tokio.

1a edición, diciembre de 2013



Se imprimieron 3.000 ejemplares

Impreso en Andros Impresores

Santiago, Chile

Índice

Presentación 9

Prólogo 11

Introducción 13

Ganadores

Concentración 17


Marco Montenegro Muñoz

Gracias, loco 21


Jorge Alejandro Bolbarán Celedón

Especialista en contención 27


Óscar Llantén Castillo

Menciones honrosas

Zapatos con sangre 35


Esteban Abarzúa

El hombre de negro 41


Hernán Felipe Godoy Rojas

Fútbol en la cárcel 45


Eduardo Mancilla

¿Quién lo diría? 51


Raúl Molina Rivera

El grito sagrado 59


Francisco Olguín Orellana

El Dinamo de Kiev y el gol invisible 63


Carlos Humberto Rozas Pérez

Tarde de fútbol 71


Gonzalo Serrano del Pozo

El cambio eterno 73


Fernando Torres Gutiérrez

El Negro Irala 77


José Luis Villegas Agüero

Prisa 85


Sergio Zúñiga

Pitazo final 87


Hernán Zúñiga

Relatos de escritores chilenos

Mi noche triste 93


Fernando Emmerich

La pena máxima 99


Luis López-Aliaga

Los tres palos 101


Reinaldo Edmundo Marchant

El Mundial del 62 109


Sergio Mardones Labra

El hombre es un golazo de Dios 115


Erick Pohlhammer

Los gigantes de Talca 123


Luis Urrutia O’Nell (Chomsky)

Autores 129

9

Presentación

Un partido de fútbol durante el terremoto de 1960


en el que nadie escuchó el pitazo final, los recuerdos

infantiles de cientos de jugadas y jugadores

grabados a fuego en la memoria de un adulto, un

ardiente campeonato de la segunda serie del fútbol

isleño en Chiloé, el decisivo partido en el Estadio

Nacional entre Chile y Argentina para las clasificatorias

al Mundial de Sudáfrica 2010, un antiguo

ídolo de Santiago Morning olvidado en la ciudad

de Constitución. Estos son algunos de los temas

de los 20 cuentos y crónicas que recorren el país

desentrañando sus diversas historias desde diferentes

rincones y perspectivas, siempre con el fútbol

como tema central.

Esta publicación reúne los textos ganadores

y las menciones honrosas del primer concurso de

cuentos y anécdotas para la hinchada, El Fútbol

También Se Lee, organizado el año 2013 por el Consejo

Nacional de la Cultura y las Artes, a través del

Plan Nacional de Fomento de la Lectura Lee Chile

Lee. La convocatoria fue sorprendente: más de 600
10

participantes, de las 15 regiones del país, de edades

y oficios muy diversos.

Además, el libro incluye seis cuentos de los

jurados del certamen: Fernando Emmerich, Luis

López-Aliaga, Sergio Mardones, Erick Pohlhammer,

Luis Urrutia O’Nell (Chomsky) y Reinaldo Marchant,

quienes, junto a Leonardo Véliz, fueron fundamentales

para llevar a cabo esta iniciativa.

La mayoría de las personas que mandaron sus

historias nunca antes habían participado en un concurso

literario. Este hecho nos indica que a través de

instancias que nos mueven, identifican, convocan

o entretienen podemos acercar la lectura y la escritura

a nuestra vida cotidiana, objetivo central detrás

del Plan Nacional de Fomento de la Lectura Lee

Chile Lee, que desde el año 2010 hemos desarrollado

en coordinación con el Ministerio de Educación y

la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos. A

través de estas páginas invitamos a seguir desarrollando

una pasión por la lectura a través del gran

talento literario latente en nuestro país en torno a

la memoria futbolística de Chile.
Roberto Ampuero

Ministro Presidente

Consejo Nacional de la Cultura y las Artes

11

Prólogo

Cerca de 700 creaciones enviaron los hinchas chilenos


al concurso El Fútbol También Se Lee, que invitaba

a personas de todo el país a escribir cuentos

y crónicas con el balompié como tema central. Se

subieron estas historias a internet y la gente participó

masivamente, votando por sus cuentos favoritos.

Para la convocatoria se publicaron seis relatos

de connotados escritores chilenos y se entregaron

gratuitamente 30.000 ejemplares en todo el territorio

nacional, para incentivar a la lectura y escritura.

Ahora se edita un volumen con los 14 textos seleccionados

—tres premios y 11 menciones honrosas—

juntos a los seis relatos ya mencionados.

A simple vista, se trata un proyecto exitoso, que

no solo generó expectativas sino que tuvo resultados

positivos mejores de lo esperado. Y eso hay que

celebrarlo con una buena y vistosa jugada, pero una

jugada editorial esta vez. Este éxito demuestra que

el fútbol es un fenómeno que, además de pasiones,

mueve recuerdos, anécdotas, historias, una buena

porción de vida.
12

El fútbol también se lee, al igual que un partido disputado


con el corazón, reúne en perfecta simbiosis

al chispeante delantero con el escritor. El escritor

y el jugador que ayer gritaban en los estadios por

la camiseta de sus amores, y que en esta ocasión

plasman sus ideales en alguna historia que siempre

quisieron expresar por escrito.

Aquí están contenidas las nostalgias de partidos,

clubes, hechos, figuras míticas, el desahogo de un

gol jamás cantado, historias reales o inventadas, espectadores,

jugadas al límite de la amonestación,

ocurrencias divertidas, imágenes bellísimas que

recorren los estadios a la manera de fantasmas de

carne y hueso.

Los relatos de este libro manifiestan el vínculo

inequívoco entre el fútbol y la cultura, un puente

entre la cancha y la literatura. En el fondo, el fútbol

puede ser un gran canal para estimular la lectura, el

imaginario creativo y la educación.

No queda más que pitar el silbato, abrir el libro,

que entren los cracks al campo de juego, elegir un

cuento, y que empiece a rodar el balón, la lectura.
Leonardo Véliz

Entrenador de fútbol

Federación de Fútbol de Chile

13

Introducción

La relación entre fútbol y literatura es estrecha. Autores


como Albert Camus o Vladimir Nabokov no

solo escribieron sobre este deporte, también tuvieron

un glorioso pasado como arqueros. Otros escritores

como Umberto Eco o Nick Hornby han abordado

el fútbol para retratar, más allá de las tácticas y jugadas,

lo que ocurre a su alrededor: la pasión de la

hinchada o el impacto de los jugadores-celebridades

en el mundo contemporáneo.

En América Latina el balompié toma una importancia

particular. Es por lejos uno de los fenómenos

culturales más distintivos, reconocidos y enraizados

de la región. El fútbol se alza como ese lugar donde

las mayorías comparten un espacio común. De esto

han hablado escritores como Juan Villoro, Roberto

Fontanarrosa, Carlos Monsiváis o Eduardo Sacheri,

entre otros.

En el concurso de cuentos y anécdotas El Fútbol

También Se Lee, chilenos de diferentes latitudes

—Valdivia, Rancagua, Copiapó o San Miguel— y de

oficios muy diversos —un carabinero, un profesor o
14

un marino mercante— describieron lo que rodea al

fútbol, mucho más allá de lo meramente deportivo.

La mayoría de los relatos que recoge este libro, en

forma de crónica o de ficción, narra los recuerdos

que evoca el balompié, a través del equipo querido,

un ídolo inmortal, los amigos del barrio o un mundial

imborrable. El escritor español Javier Marías

dice que, en definitiva, el fútbol es “la recuperación

semanal de la infancia”.

La idea detrás de esta convocatoria fue mostrar

que la lectura y la escritura son parte de nuestra

cotidianidad y que, por lo tanto, se relacionan con

múltiples aspectos de la vida y los espacios en los

que nos desenvolvemos diariamente, como el fútbol

o las celebraciones.

Albert Camus, Premio Nobel de Literatura y arquero

en Argelia, dijo: “después de muchos años

en que el mundo me ha permitido variadas experiencias,

lo que más sé, a la larga, acerca de moral

y de las obligaciones de los hombres, se lo debo

al fútbol”.
Soledad Camponovo Llanos

Coordinadora programática

Plan Nacional de Fomento de la Lectura

Consejo Nacional de la Cultura y las Artes

Ganadores



17

Concentración

Marco Montenegro Muñoz


(1er lugar)

Lo leí en alguna parte, no sé si en el colegio o en


alguno de los libros que don Ángel me prestaba cada

semana desde que descubrió que yo era más que una

pelota que rebotaba implacable contra las paredes

de nuestro edificio y le impedía hacer su siesta. De

cualquier modo, se hablaba allí de un deporte ritual

que practicaban los sacerdotes mayas, el cual los

obligaba a concentrarse infinitamente en la pelota,

ya que de la permanencia de esta en el aire dependía

el que, a su vez, el Sol se mantuviera en órbita.

Si ellos podían ¿por qué no podría yo usar mi

habilidad con el balón para influir sobre el orden de

las cosas, ese orden que se había puesto de cabeza

de un día para otro, sin previo aviso, sin la más mínima

consideración por la alegría y la tranquilidad

de cuatro niños que no lograban entender una palabra

de lo que los médicos le habían explicado a su

padre para que este, a su vez, se los transmitiera?

No le dije nada a nadie. Tomé simplemente la

pelota, que llevaba siempre conmigo, y me fui a

uno de los patios interiores de la clínica. Empecé a
18

dominarla, alternando metódicamente ambos pies,

los muslos, los hombros, la cabeza.

Vinieron primero las enfermeras, luego los guardias

y un par de doctores. Vino mi padre, por supuesto,

y también mis dos hermanos. Mi hermana

no supo cómo llegar, pero entendió de algún modo

que no valía la pena asomarse. Lo intentaron por todos

los medios pero nadie fue capaz de detenerme.

Pasó casi un día entero en que lo único que

supe fue que no podía dejar caer ese balón porque

el Sol que me había alumbrado corría el riesgo

de extinguirse si yo desfallecía. Varios enfermos se

colgaron de las ventanas y comenzaron a alentarme,

suavemente al principio, tal vez por respeto al

lugar al que, sin embargo, no habían elegido venir,

y luego cada vez con mayor vehemencia al percibir

que algo extraño y peculiar había en el empecinamiento

que yo ponía en no dejarme convencer ni

amedrentar.

Me dolía cada músculo del cuerpo, la vista se me

nublaba, tenía la boca seca y pegajosa. Los ojos me

ardían de tanto fijarlos en el resplandor que despedía

esa pelota que no paraba de subir y bajar incansablemente

bajo la penetrante luz artificial que la

noche imponía, manteniendo viva mi esperanza e

inalterable lo que quedaba de mi infancia.

Solo mi madre consiguió, al pararse frente a mí

(pálida, casi transparente, invisible para el resto),
19

frenar mi ímpetu y hacer que depositara mansamente

el balón en sus manos, consolándome con

su acostumbrada ternura, mientras me derrumbaba

en medio de los despojos del mundo que hasta ese

instante había conocido.


21

Gracias, loco

Jorge Alejandro Bolbarán Celedón


(2do lugar)

Nunca sabíamos si vendría a jugar hasta que lo


veíamos aparecer en la puerta de la cancha con

una empanada en la mano, esperando que alguien

del club fuera a pagar su entrada. Claro, desde que

en la asociación se creó la regla de “todos pagan,

incluso los jugadores” había que estar atento por

si llegaba, para pagar los doscientos pesos. Algunos

dirigentes más vivos le pasaban la plata al portero

y le decían: “Para cuando llegue el loco”.

Para nosotros, que teníamos 10 años, era el mejor

jugador que habíamos visto en nuestras vidas.

Quizás no el mejor, pero sí el más entretenido. A

esa edad no sabíamos nada de disciplina deportiva

ni de horarios, por eso que él llegara apenas

cinco minutos antes de los partidos nos daba lo

mismo, con tal de que llegara. Si el partido era a

las 12 del día era fijo que escuchábamos su frase

“Me acosté a las 6 de la mañana”. Si el partido

era a las 10 de la mañana, mientras terminaba de

comerse su empanada de desayuno decía “Ando

amanecido”.
22

Como era su costumbre, no traía zapatos de

fútbol. Para qué, si en el club alguien se encargaría

de prestarle, o conseguirle; por último algún juvenil

se sacrificaba y jugaba con zapatillas. Mientras

se ponía la número 7 nosotros lo mirábamos. Era

mucho más flaco que los jugadores que veíamos

en la tele. Nunca lo vimos ponerse canilleras, y se

sentaba en el camarín esperando que llegaran sus

zapatos de turno. Si le traían unos muy grandes se

ponía otro par de medias y a la cancha.

Nada de calentamiento previo, ni de elongaciones,

ni de ejercicios, ni mucho menos alguna

instrucción del “profe”. El loco jugaba de 7, sabía

dónde tenía que pararse y sabía lo que tenía

que hacer, pasarlo bien, porque a eso venía. Él

no sabía con quién jugaban, ni cómo iba el club

en la tabla de posiciones, él quería que le tiraran

la pelota y nosotros queríamos lo mismo, que le

pasaran la pelota para ver qué se le ocurría. Si

el marcador de punta era malo, el loco hacía las

cosas simples, se lo pasaba por la orilla, desbordaba

y dejaba solo al 9. Siempre parecía que se la

iban a quitar, siempre parecía que se iba a caer,

pero se las arreglaba. Enganchaba, aceleraba, frenaba,

volvía a enganchar. No tenía mucha fuerza

para patear al arco. Quizás por eso nunca pateaba

y prefería encarar y tocar al medio para que

otro convirtiera.
23

Cuando los rivales se preocupaban y ponían un

marcador bueno, apoyado por algún central fuerte

para ayudar a marcarlo (entiéndase por central fuerte

algún grandote con cara de asesino y con ganas de

matar al loco a patadas), podíamos disfrutar al loco

en toda su magnitud. Le encantaba que trataran de

pegarle patadas porque nunca lo alcanzaban. Varias

veces pasaba por entre sus dos marcadores con la

pelota dominada, o más bien dominada a su estilo,

porque él no la llevaba pegadita al pie como los

talentosos: él la llevaba de acuerdo a las circunstancias.

Más larga. Más corta. Con zurda. Con derecha.

Más rápido. Frenando. Devolviéndose. Pero siempre

tratando de entrar, siempre encarando, y cuando le

pegaban, porque en ese tiempo sí que se pegaban
patadas (no como ahora que con el fair play y el cuarto


árbitro no se puede ni siquiera trancar como en

esos tiempos) nunca lo vimos reclamar. Se paraba,

se sacudía la camiseta para sacarse la tierra y miraba

a su agresor. Su mejor venganza venía en la jugada

siguiente y consistía en dejar en ridículo al marcador.

Casi siempre la hacía frente a la barra nuestra.

El loco llevaba la pelota por la orilla, encaraba y con

la facilidad de siempre se lo pasaba. Miraba hacia

atrás y le hacía el gesto como diciéndole “Sígueme”;

y cuando el marcador se acercaba el loco volvía a

acelerar y lo dejaba botado, mientras las burlas no

se hacían esperar.
24

Yo no sé cuántos goles habrá hecho el loco,

pero no fueron muchos. Lo suyo era el desborde,

el centro y volver caminando a la mitad de la cancha.

Pero varias veces hizo la diagonal y se pasó al

arquero. Algo que parece tan difícil él lo hacía sin

pensar. Porque esa era su mayor virtud en el fútbol:

no pensar, simplemente jugar. Cuando terminaba el

partido, su primer ritual era fumarse un cigarro, un

cigarro que por cierto alguien debía regalarle porque

él no tenía. En medio del camarín, mientras todos

disfrutaban del sabor del triunfo obtenido o masticaban

la derrota, él fumaba su cigarro y parecía

no estar ahí. Y luego, lo de siempre. Nunca entendí

cómo podía meterse a la ducha, y sin secarse ponerse

toda su ropa, porque ya sabíamos que él no

llevaba toalla, en realidad no llevaba nada, solo él,

su empanada y su sonrisa.

Hasta que un día no llegó. Con mis amigos siempre

atentos a la puerta, pero no llegó. Quizás se acostó

a las seis de la mañana y no lo despertaron, así

decían algunos. O quizás se le pasó la mano anoche,

exclamó algún mal pensado. El loco no era de llegar

cuando el partido ya había empezado, lo suyo era

cinco minutos antes o simplemente no llegaba. Ese

día no llegó y un dirigente trajo la noticia, la más

triste que habíamos escuchado. No podía ponerme

a llorar porque en el barrio los viejos siempre nos

dijeron que los hombres no lloran, pero adivinaba
25

en la mirada de mis amigos que sentían lo mismo

que yo.

—El loco se fue a trabajar embarcado, le salió la

movida y se embarcó pa’l extranjero, así que no va

a venir más a jugar.

Y nunca más apareció. Pasaron los partidos y

nunca más lo vimos llegar con su empanada en la

mano. Yo, por tener en ese tiempo 10 años nunca

hablé con él. Nunca pude decirle que para mí era

el mejor jugador del mundo, que yo soñaba poder

dominar la pelota como él, que me fijaba en cómo

se ponía las medias, en cómo caminaba, en cómo

disfrutaba del juego.

Cómo me gustaría verlo hoy en día. Quizás cuantos

años tendrá. Dicen que en uno de sus viajes se

quedó en el extranjero, pero nadie sabe en realidad,

y yo no podré decirle que tuve que ir a escuelas

de fútbol para aprender a jugar, que logré lo que

él nunca pudo, o no quiso: ser jugador profesional.

Pero cómo poder explicarle que para jugar más o

menos y dar un pase medianamente decente necesito

acostarme antes de las diez de la noche, y que

para poder “rendir” necesito tomar un buen desayuno

y que si se me ocurriera comerme una empanada

antes de un partido no podría correr y lo más probable

es que haría el ridículo.

El loco nunca entendería que necesito estar una

hora y media antes de los partidos en el camarín y
26

que el entrenador me tiene que dar las instrucciones

claras para saber bien que tengo qué hacer. Al

loco no podría explicarle que el fútbol es mi trabajo

y que si hay algo que me gustaría saber es cómo lo

hacía él para pasarlo bien jugando, para disfrutar

del juego. Sea donde sea que esté me gustaría simplemente

decirle “Gracias, loco”.
27

Especialista en contención

Óscar Llantén Castillo


(3er lugar)

En aquella efervescente jornada, nuestro DT nos


entregaba las instrucciones sobre la posición que

ocuparíamos dentro del Estadio Nacional. Como

en cada partido de esa trascendencia, cada uno conocía

de memoria su función específica dentro del

campo de juego. Cuándo entrar, cuándo salir. Cómo

defender, cómo mantener la calma. De qué manera

asumir la delantera, el protagonismo. Aun así, y

pese a la experiencia en esta clase de encuentros,

todos escuchábamos atentamente las recomendaciones

tácticas. Mirando al frente. Observándolo. Y

él estaba ahí. De pie. Vociferando las indicaciones.

Moviendo los brazos. Aleteando. Hablando con su

voz ronca. Seca. Dura. Frunciendo el ceño. Arrugando

la cara. Dejando sus mejillas rojas. No era menor:

en un par de horas más comenzaría el duelo entre

Chile y Argentina, por las clasificatorias, rumbo al

Mundial de Sudáfrica. Y él insistía en dejarlo todo

mientras se extendiera el partido. En no improvisar.

Actuando con personalidad. Carácter. Sobreseguro.

Y no se detenía en pequeñeces. Se explayaba una
28

y otra vez, y cuantas veces estimó necesario, para

destacar la fortaleza del trabajo en equipo. Enfatizó

los entrenamientos de la semana. Hizo hincapié en

la estrategia. En conocer al rival. En saber controlar

los impulsos. Que la razón y la prudencia se impusieran.

Si había que correr, todos corríamos. Si

había que replegarse, todos por igual. Al más puro

estilo bielsista, como la Naranja Mecánica... Algo así

como fútbol total.

Como de costumbre, estábamos concentrados.

Atentos. Sabíamos que la gente, entusiasta del buen

fútbol, iría a divertirse. A disfrutar de las jugadas. A

alentar a la selección chilena. Soñando con el triunfo

esquivo. Ver gozar a la Roja en una tarde espléndida.

¿Histórica?

Qué ganas teníamos de que todo fuera de esa manera.

Que marchara de maravilla. Que ganáramos.

El tiempo transcurrió con inusitada velocidad.

Desde esa charla técnica hasta que comenzamos a

equiparnos fue como un verdadero relámpago. Fugaz.

Que las canilleras. Que los calcetines. Que los

zapatos. Protecciones por aquí y por allá. Por si acaso.

Y siempre con la camiseta puesta. Bien puesta.

Luego hubo un suave trote para calentar los músculos.

Breve. Nadie quería lesionarse. Un par de minutos

más y, al ingresar al campo de juego, sentimos

la efusiva recepción de la hinchada. Avasalladora.

Impresionante. Elocuente. Todo el mundo gritaba con
29

energía. Alzaba los brazos. Otros aplaudían. El ambiente

se tornó extasiado. Caótico. Era como escuchar

un estruendo. Un rugido ensordecedor.

En ese agitado contexto, tomamos ubicación en

el estadio. Cada uno en su zona delimitada. Moviendo

las piernas, para entrar más en calor. A poco

andar, los papeles picados, globos de colores y las

banderas chilenas flameando al viento construían

un entorno mágico. De ensueño. Con el que habitualmente

se recibía al “equipo de todos”.

Qué forma tan desbordante de concebir alegría.

Felicidad. Emoción. Y tanta gente brindando apoyo.

Irrestricto. Solemne. Categórico.

En ese festivo entorno me encontraba. Una vez

más. Mirando a los hinchas de frente. Viendo cómo

sufrían. Cómo se agarraban la cabeza. Cómo criticaban

al árbitro. Algunos masticando chicle en cantidades

industriales. Otros recordando la familia (y

el árbol genealógico) del elenco visitante. Tomando

sorbos de café. Fumando un cigarrillo. Comiendo

un inestable sánguche de palta. Pidiendo, insistentemente,

un cambio de jugador a Bielsa. Al profesor.

En eso estaba, mientras escuché a lo lejos un

angustioso relato deportivo. Se narraba con aires

épicos una jugada de contragolpe. Rápida. Concertada.

Hilvanada. Hasta que el periodista coreó segundos

antes el gol. El único de la jornada. Y fue

impactante. Disfruté observando cómo el público se
30

rompía la garganta gritando. Miles de abrazos. Llantos.

Alegría. Todos eran uno. El rojo asomaba por

los diferentes sectores del estadio. La emoción era

incontenible. Contagiosa. Desbordante.

Era gol de Chile.

Yo sostenía mi escudo en la pista de recortán. Silencioso.

De espaldas a la cancha. Frente al público.

Ahí estábamos con mi sección ubicada en el sector

sur del Estadio Nacional. Parados ante una bulliciosa

barra. Junto a mis colegas de trabajo. Todos

carabineros. En este caso, en una formación de línea

preventiva del personal de Fuerzas Especiales. Con

todos los implementos de seguridad: casco, hombreras,

chaleco antibalas y protecciones varias. Me

encontraba enhiesto, erguido. Con mi característico

atuendo miraba a los hinchas de manera directa. Eso

sí, sin poder gritar. Sin poder ver hacia atrás, donde

estaba el foco de la acción. De la jugada. De la emoción.

Donde la pelota aún daba vueltas en la malla

argentina. Donde el goleador chileno todavía alzaba

los brazos en señal de éxito. Triunfo. Donde los argentinos

se miraban la cara buscando responsabilidades.

A esa altura mi corazón latía a setenta mil pulsaciones

por minuto. Tenía mi emoción contenida. Detenida.

Encerrada. Agolpada en mi cuerpo. A punto

de escapar.

No cabía tanta felicidad en mi pecho. Pensé que

explotaría de júbilo.
31

Y en ese preciso instante, nuestro líder, nuestro
entrenador, el jefe de la Sección no 12 de la Prefectura


de Fuerzas Especiales, mi teniente Rodríguez,

impartía las órdenes con rigurosidad. Con su voz

seca. Dura. Vehemente. Aleteando los brazos. “¡Los

quiero ver... Los quiero ver bien concentrados...

Atentos! ¡Ya practicamos cómo realizar nuestro servicio

durante toda la semana! Somos profesionales.

Somos los mejores. Mantengan la calma y actúen

con prudencia. ¡Porque cuando la gente celebra, nosotros

debemos estar más concentrados que nunca!

¿Quedó claro?”

De pronto, volví en mí.


Menciones honrosas



35

Zapatos con sangre

Esteban Abarzúa


Cuando me cuesta quedarme dormido por las noches


en vez de ovejas me pongo a contar maradonas

revolcándose en la pista de ceniza tras el respectivo

guadañazo de Chuflinga Herrera. Una seguidilla

de caídas maradonianas que me gusta imaginar con
el piano de Goodfellas cuando empiezan a aparecer


como fiambre los cómplices de Jimmy Conway en

el asalto a Lufthansa. Sobre todo la escena en que se

abren las puertas de un camión frigorífico. Scorsese

le sube el volumen al piano y aparece Frankie Carbone

tan congelado que debieron esperar dos días

para poder hacerle la autopsia. Dicen que conciliar

el sueño es más fácil si uno sintoniza imágenes placenteras

en su cabeza. Yo creo que no hay por dónde

perderse entre los tiernos estoperoles de Herrera y

esos demonios que berrean.

Las cosas que le pasan a uno, ¿le pasan para toda

la vida? ¿O hay un momento en que se quedan en

la banca, se esconden en algún callejón oscuro de

la memoria? ¿O sencillamente se esfuman sin dejarte

una mísera explicación de su huida? Lo pongo
36

de otra manera: no me acuerdo de mi compañero

de banco en tercero básico, pero sí tengo muy claro

que ese año Leonel Herrera volvió a Colo Colo desde

Unión Española para jugar junto a Atilio Herrera, el

Tigre Herrera, y que en los últimos nueve partidos del

campeonato nos hicieron un solo gol y salimos campeones.

En la dupla Herrera-Herrera, los centrales de

Colo Colo en el título de 1979, llegué a depositar casi

todas las certezas que pueden caber en la cabeza de

un niño de 8 años, que no son muchas pero son para

siempre. A esa edad ya sabía dos cosas: que tenía cerca

a mis padres y que quien quisiera jugar atrás en mi

equipo tenía que ser poco menos que un dios.

A los 8 años yo era hincha de Colo Colo y pude

tener de ídolos a Caszely o a Vasconcelos, pero Leonel

Herrera me eligió a mí porque él era de Colo

Colo y jugaba de 5. Mi viejo era el 5 en nuestro club

de barrio y pegaba menos, pero siempre entendí

que daba más de lo que podía. A los 2 años, eso sí,

también me ocurrieron cosas importantes: aprendí

a caminar (por culpa de las maledicencias alcanzaron

a llevarme al doctor para que le dijera a mi

mamá si yo tenía algún tipo de retraso) y aprendí

a ver los partidos al borde del campo por mis propios

medios. Es la edad en que un niño futbolista

deja de tomar la pelota con las manos y, aunque a

esa altura el mundo todavía es un bosque de piernas,

uno ya está en condiciones de descubrir qué es
37

lo que hacen los grandes cuando juegan a pasarse

la pelota. Yo descubrí cómo se movían los de atrás

para defender lo suyo. Cuatro jugadores que tienen

que estar de acuerdo hasta en la manera de mirar a

los ojos a los rivales, tuya o déjala, vas o te quedas,

cuándo, cómo y dónde hay que pegar, aunque en el

fútbol la frase correcta es “a quién hay que pegarle”,

si toca empujar al equipo hacia el campo contrario

o si hay que meterse atrás, quién aprieta al árbitro,

qué haces cuando te elude el 9 (bajarlo o, al menos,

dejarlo medio turulato para que lo afeite el que llega

desde atrás) o si te lleva el 11 (ponerle un caballazo

para que se aplaste la cara contra el alambrado o irte

volando hacia el medio para cubrir al compañero

que salió a cubrirte). Así hasta el fin de los tiempos.

Los laterales son como los perritos falderos: se

mueven por todas partes y te hacen caso en todo,

pero en cualquier momento se mandan una cagada.

Los centrales saben que también deben marcarlos a

ellos. El 3 le cubre la espalda al resto y el 5 le cubre

la espalda al 3. Todas las confianzas de un equipo están

resumidas en estos mecanismos que convierten

al fútbol en ese “reino de la lealtad humana ejercida

al aire libre”, la definición de Gramsci que los de

atrás llevamos escrita en la frente.

A los 8 años yo ya creía en Dios, el Chavo del

Ocho, Luke Skywalker y el 5 de Colo Colo. Una

perfecta línea de cuatro, con Dios jugando un
38

poquito más retrasado y Chuflinga, como siempre,

saliendo a partir por la mitad a los que quisieran

atravesar nuestro Mar Rojo sin salvoconducto.

Leonel Herrera debutó con la camiseta blanca en

junio del 67, por las semifinales de la Copa Libertadores.

Tenía 18 años y empataron 1-1 con River en

Buenos Aires. Desde ese día y hasta que se retiró

en O’Higgins, a los 39, hizo de la palabra respeto

un ideal con horas extraordinarias. Lo habitual era

verlo pegadito al centrodelantero enemigo. Herrera

inventó los requisitos para ganarse la vida como

central en Colo Colo: saber jugar en la mitad de la

cancha, tener buenos tobillos para perseguir a una

presa que nunca huye en línea recta y ser lo suficientemente

cínico para hacer perro muerto en la

ley del último recurso. Además tenía un don para

ganar la pelota más difícil de cabecear, el saque largo

y alto del arquero contrario, aguantaba con el pecho,

los hombros y por supuesto los brazos la carga

de los delanteros, y era tan seguro de sí mismo que

hasta empezó a tirar los penales. En los clásicos,

el Chico Hoffens llegaba a volar en cada choque,

el Flaco Spedaletti derechamente se le arrancaba y

una vez levantó del pelo a Rubén Espinoza. Su único

error fue tirarle los bigotes al Chivo Pavoni en la final

de la Copa Libertadores de América del 73. Esos

bigotes eran una trampa: nadie los puede tener tan

largos, del tipo Pancho Villa, salvo que los use para
39

que los adversarios se hagan expulsar en el intento

de tirárselos. Pavoni, además, los utilizaba para

desviar la atención: también jugaba con peluquín.

Herrera, como los pieles rojas, se habría quedado

con su cabellera de haberlo sabido antes.

Si hay algo que he aprendido en todos estos

años, es que en el fútbol ningún jugador es más

importante que otro. La frase “Los delanteros ganan

partidos, los defensas ganan campeonatos”,

acuñada por un todocampista inglés del Aston Villa

que se llamaba John Gregory, es solo un intento de

compensación espiritual para los que supuestamente

hacen el trabajo sucio. En la cancha, la lógica

futbolera suele ocupar el puesto de aquel hombre

que juega con el balde en la cabeza. No hay trabajos

menores en el fútbol, sino titulares de prensa: en un

partido, cuando juegan 11, el partido dura 990 minutos.

Esto lo digo después de haber jugado toda mi

vida intentando imitar a Herrera en el barrio. Hubo

más de una ocasión en que me dijeron Zapatos con

Sangre, que es el otro apodo de Chuflinga. Tengo

una concepción izquierdista y cristiana del juego:

darles a todos por igual y ser uno el que más reparte.

He usado todos los huesos de las extremidades que

tienen nombre conocido para bajar al oponente que

viene con pelota dominada. Muchos quedaron en el

suelo, pero hay que saber pegar: el único objetivo es

que el otro se dé cuenta de que gratis no se la va a
40

llevar. No sé si fui bueno o malo para la pelota, pero

siempre entregué todo lo que tenía.

¿Puede uno morirse feliz, realmente feliz, justamente

cuando sabe que se está muriendo? A los vivos

nos gusta especular con esto, pero nunca les preguntamos,

por razones obvias, a los únicos que conocen

la respuesta. Hay cosas que no se pueden dar por

seguras, ni en la vida ni en la muerte, pero esto es

solo un deseo, mi última voluntad antes de caminar

hacia los Campos Elíseos: espero verme en la boca

del túnel saludando uno por uno a los jugadores de

mi Colo Colo de todos los tiempos: Rojas; Ramírez,

Garrido, Herrera, Hormazábal; Mena, Páez, Peralta,

Pizarro; Astengo y Vidal. En mis sueños esa oncena

imposible es imbatible. Si el paraíso existe, me gustaría

encontrármelos a todos juntos allá y, si Dios

me deja, entrar en el segundo tiempo por el Chano

Garrido para hacer dupla con Chuflinga Herrera.

Philip Roth dijo una vez que dejó su casa para

salir al mundo y que después pasó el resto de su

vida escribiendo sobre su casa. Me ocurre algo parecido:

quería hacerme grande para jugar en Colo

Colo y cuando por fin crecí —crecer es fácil, inevitable—

empecé a ganarme la vida contando lo que

sentía cuando soñaba con ser el 5 de Colo Colo. Tal

vez me he convertido en un personaje de aquellos

años felices y esto no es más que un sueño. Uno en

el que puedo mandarla a la tribuna o salir jugando.
41

El hombre de negro

Hernán Felipe Godoy Rojas


Estoy debajo del túnel, entre dos filas de jugadores.


Me gusta un equipo, como a cualquiera. Pero

hoy no soy hincha de ningún equipo, no sigo a nadie,

hoy no tengo dioses ni pasiones. Hoy el negro

es mi único color. Hoy solo soy yo, mi sombra y mi

amigo inseparable desde hace muchos años, con el

cual he cambiado el curso de la historia para algunos,

arruiné la vida de unos cuantos y le di alegrías

a otros. Pero eso ahora es solo historia, momentos

pasados que fueron y hoy se comienza a escribir

otra página de esta. Estoy nervioso. Mientras subo

las escaleras y salgo a la cancha. Contemplo las miles

de personas enardecidas al ver a sus ídolos saliendo

detrás de mí. Veo ilusiones, veo esperanzas,

veo la alegría de una familia, el sueño de un pueblo:

ver al equipo de sus amores levantar esa bella copa

de campeonato. Sé que este bello momento solo

durará minutos, sé que la alegría previa al duelo

es pasajera, porque yo, de pasar a ser una persona

invisible por ahora, me convertiré, quizá sin querer,

en protagonista.
42

Estoy en el centro de la cancha. Lo que hace

poco era un maravilloso paisaje de emociones vibrantes

se torna oscuro. Ahora esto es un campo

de batalla. Todo a mi alrededor se convierte

en una especie de coliseo moderno rodeado de

gentíos expectantes sedientos de sangre que solo

quieren ver el sufrimiento y ver cómo cae el rival.

Estoy en el medio de una arena de combate en

la cual tengo a 22 gladiadores que vienen a dar la

vida, que vienen a matar o a morir por esto que se

llama fútbol.

Gracias a dios no estoy solo. Tengo a dos amigos

en cada costado del campo que me apoyan, que

van a estar ahí en estos 90 minutos de dolor y sufrimiento.

Pero no puedo contar con ellos siempre.

¡Cielos! Me siento solo en esto.

Queda poco, los equipos ya están en su territorio,

esperando que les dé la señal, cual ejército

listo para matar esperando orden de fuego.

El estadio ruge hambriento, papeles, banderas y

lienzos de todo color decoran el estadio, la gente

entona cánticos a mi alrededor que me hacen

sentir privilegiado de la hermosa vista que tengo

desde aquí. Miro alrededor y todos están expectantes.

Me suda la frente. Debo tener nervios de

acero por más de una hora, pero en este momento

me dan ganas de llorar y salir corriendo de

aquí. Es mucho para mí. Pero debo hacerlo, este
43

es mi trabajo y hoy tengo una importante misión

aquí...

—¡Y arrrranca! Suena el pitazo inicial, los jugadores

ya se mueven por todo el campo...


45

Fútbol en la cárcel

Eduardo Mancilla


Eran los años en que no existían las tarjetas de crédito.


Nadie se endeudaba por tres meses para comprar

un par de zapatos y por estos archipiélagos no

llegaba la televisión, ni los jugadores “superestar”

aparecían vendiendo desodorantes, champú, máquinas

de afeitar y otras frivolidades. Ni sabíamos

que el Fondo Monetario Internacional regía los

destinos de los países y vivíamos la vida sin necesidad

de pedírsela prestada a los bancos. En esos

años, cuando la vida parecía no tener complicaciones,

la cárcel estaba ubicada en Ten Ten, un lugar

cercano a la ciudad al que se llegaba por un sendero

que antes fue la línea del tren. La cárcel era un largo

pabellón de madera, con un amplio patio de tierra

encerrado por una alta malla de alambre. Sobre

esta malla, en lo más alto de los postes, se extendían

tres corridas de alambre con púas. Este débil

cerco, y una caseta de madera donde siempre estaba

de guardia un gendarme, era toda la seguridad

del recinto carcelario. Los presos no se arrancaban

de pura buena gente que eran. Bastaba tener un
46

alicate, cortar la malla de alambre y si te vi nunca

más me acuerdo.

Todas las tardes los presos se formaban en el patio.

Eran contados antes de ingresar a sus celdas.

Nosotros éramos en ese tiempo un grupo de muchachos

de 12 a 15 años que buscando aventuras, recorríamos

la abandonada línea del tren. Pasábamos a

visitar a los presos para regalarles nalcas, murtas,

avellanas y también manzanas, peras y ciruelas que

sacábamos de las abundantes arboledas que existían

en ese sector. Alguno de los más grandes, que

fumaba a escondidas de sus padres, regalaba a los

presos cigarros Liberty, Hilton, Cabañas o Monza

que eran las marcas más conocidas en esa época. Se

los dábamos a través de la malla de alambre y con

el permiso de los gendarmes. Durante la semana los

presos, caminando en fila de a dos, salían a hacer

siembras en un campo cercano custodiados por el

suboficial Carrasco, gordo y sonriente, el gendarme

Gallardo, apodado Soldadito de Plomo por su débil

contextura física (era pequeño y delgado), y otros

gendarmes desconocidos entre tanto olvido. Para

los trámites administrativos, los gendarmes viajaban

hasta la ciudad por un camino polvoriento en

una motoneta Vespa.

Al lado de la cárcel había una cancha de fútbol

donde por un tiempo se jugó el campeonato

de la segunda serie del fútbol isleño. Participaban
47

Estibadores, América, Hotel Luxor, Servisalud, Gendarmería,

Corhabit, Comercio, Bancarios y Taxistas.

El Estibadores era un club formado por los trabajadores

portuarios que vivían en Punta Chonos, la

calle de los palafitos. Hotel Luxor era el equipo de

los trabajadores de ese hotel reforzado con los cantineros

y mozos de los bares de calle Lillo. El Comercio

lo integraban los trabajadores y dependientes de

tiendas y almacenes; y en el Bancario jugaban los

empleados del Banco del Estado y del Banco de la

Unión y del Banco Osorno que cada tarde de domingo

dejaban en su casa la corbata, el traje gris y

los zapatos lustrados. El Gendarmería estaba reforzado

por algunos presos entre ellos Juan Lakolay,

un indio alakalufe que jugaba a pata pelá, y que,

por vender choros zapatos en tiempos de veda, fue

enviado a la cárcel, donde permanecía como si estuviera

en un buen hotel, olvidando las incomodidades

de vivir y dormir a orillas de un fogón.

El campeonato del año 68 fue espectacular. Ver

jugar al equipo del Hotel Luxor era una contagiosa

carcajada extendiéndose a lo largo y ancho de la tarde.

Y los recuerdos, que aun hoy, en la edad cuando

uno empieza a analizar la realidad que los causó,

permanecen inalterables a la memoria.

En la mitad de la tarde de un domingo de verano

llegaba hasta Ten Ten un pequeño bus celeste, de la

empresa Álvarez–Miserda, que en ese entonces hacía
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el recorrido urbano desde la playa hasta Castro Alto.

De ese pequeño bus bajaba un desfile de payasos,

orangutanes, momias, esqueletos, espantapájaros y

otros seres de la imaginación, vestidos con camiseta

de fútbol, pantalón corto y chuteadores.

Esperando la hora de jugar, primero los payasos,

orangutanes y espantapájaros corrían en círculos,

levantaban los brazos y giraban la cintura, hacían

elongaciones, saltaban en un pie o flexionaban las

rodillas haciendo un improvisado precalentamiento

a un costado de la cancha de tierra con las líneas

del campo de juego marcadas con aserrín. Luego la

momia envuelta en papel higiénico, casi perdiendo

el equilibrio, apurada, tiesa, arrastrando los pies, se

iba a asustar a los niños pequeños que jugaban en

medio de la cancha de tierra y, espantados, corrían

a esconderse entre las rodillas de sus padres, quienes

sentados a orillas del terreno de juego esperaban

el comienzo del partido.

Aquel domingo, cuando el equipo del Hotel Luxor

se enfrentó a los taxistas, dueños y choferes de

autos Mercedes Benz, estos, quienes eran la locomoción

colectiva en los tiempos del puerto libre, no

trajeron arquero así que colgaron del travesaño de

su arco un espantapájaros hecho de harapos y quilineja.

Pero su arquero no espantó a nadie. Perdieron

diez a cero y las carcajadas de ver a un payaso

enredarse en sus enormes zapatos, a un sonámbulo
49

vestido con su pijama a rayas andar a ciegas tanteando

el aire y a un gordo policía de pantalón corto

correr detrás de una pelota que nunca alcanzaba son

recuerdos imborrables.

Mientras, el famélico centrodelantero del equipo

del Hotel Luxor, sin desesperarse, corría frente

al arco contrario esperando hacer un gol de casualidad.

Era un esqueleto de huesos de cartulina mal

pegados encima de un pijama negro. Para muchos

un recuerdo es una partícula de tiempo repleta de

imágenes difuminadas pero las tardes de fútbol

en la cancha de la cárcel de Ten Ten son imágenes

que han sobrevivido a una realidad construida con

frustraciones y derrotas. Nunca naufragaron en las

inclemencias de la desesperanza, en los malos tiempos

de la dictadura, cuando la muerte fue aceptada

con cómplice indiferencia.

Cuando los árbitros, siempre serios e inmunes a

tanto buen humor y alegrías, cobraban un tiro libre,

el orangután sostenía de los pies a un payaso; el

policía mostrando una habilidad mezcla de talento

y técnica levantaba con el empeine la pelota y la dejaba

encima de una carretilla humana que cruzaba

la cancha equilibrando el balón encima de la espalda

del payaso; los rivales desesperados intentaban

detener esa máquina que entraba peligrosamente al

área donde era muy fácil hacerle un penal a ese armatoste

que se derrumbaba como casa vieja cuando
50

el payaso, cansado de correr sobre sus manos, se iba

de hocico al suelo.

Los presos detrás de la malla de alambre, el público

sentado en el pasto del pequeño cerro cercano

a la cancha, nosotros, con los bolsillos repletos de

ciruelas y manzanas, veíamos correr a un orangután

comiendo un helado de agua de colores, un desnutrido

tarzán que eludía rivales, un payaso de peluca

naranja tropezando con sus enormes zapatos, una

inexpresiva y tiesa momia vendada con papel higiénico

que intentaba cabecear una pelota, un esqueleto

que perdía la dignidad de la muerte rodando por

el suelo, tratando de hacer una chilena, el partido

era una sola carcajada; y una carcajada es más peligrosa

que un virus, eso se sabe cuando se produce

el contagio. Un contagio que duraba hasta los

recreos del día lunes en la Escuela Superior, cuando

bien peinados entonábamos el himno nacional.

Perdían 8 a 2, 11 a 4, pero eso a nadie le importaba.

Si alguien dice que eso no es jugar fútbol, entonces

que chutee la primera carcajada. Lo importante era

la alegría que contagiaban a todos los espectadores

que reían sentados en el pasto de la pampa cercana

y a los presos que esperaban la hora de su encierro.

Si no cree esta historia intente borrar las risas que

en nuestros recuerdos han permanecido sin envejecer

durante más de 40 años.
51

¿Quién lo diría?

Raúl Molina Rivera


Ahí estaba yo, en medio de la barra saltando,


agitando los brazos bajo una bandera enorme del

equipo de sus amores, O’Higgins de Rancagua,

coreando las canciones y gritos que alentaban al

plantel. Sintiendo su rostro de felicidad y euforia,

después del primer gol y de estar junto a él, acompañándonos.

¿Quién lo diría? A mí que me cargaba el fútbol

de tan solo verlo en los noticiarios y ahora instalado

en el estadio El Teniente viviendo una experiencia

increíble y excitante, rodeado de adrenalina y testosterona

a mil, y todo por amor...

Reviso mi Facebook y ahí estaba la invitación de

cumpleaños del Nico en dos semanas más, a fines

de mayo, y que era de disfraces de superhéroes.

Llega el día de la fiesta y junto a mis amigas

Maite y Cony, Gatúbela y Mujer Maravilla respectivamente,

y yo de flamante Superman, ingresamos al

lugar, repleto de personajes de historietas y cuentos

que me transportaron a mi niñez y a esas tardes eternas

de dibujos animados y juegos con los amigos.
52

Pasan frente a mi He-Man, Peter Pan, Batman

y Robin, una que otra Caperucita Roja y princesas

varias; y ahí estaba el príncipe del cuento, de mi

propio cuento, un estupendo Gladiador en su traje

increíble, con espada y todo.

Esa noche Superman haría de las suyas. No fue

difícil iniciar la conversación y el posterior baile en

una pista atestada de personajes que llenaban de

magia ese momento.

—Qué buen traje, te queda muy bien ¿lo hiciste

tú? —nervioso pregunté a mi Gladiador.

—Gracias, lo arrendé —contesta y me ofrece un

trago—. Eres el único Superman de la noche —me

dice—, qué original.

—Sí —contesto—. No muchos se atreven a usar

mallas y ropa interior encima.

Después de varias horas de tragos, bailes, risas y

muchas fotografías, llega la despedida.

—Diego Lemas —me dice, mientras me señala

su celular—. Dame tu número.

—Por supuesto —le doy mi número encantado—.

Christián Guerra. Adiós.

Salgo de la fiesta junto a los disfraces incompletos

de mis amigas post defensa del planeta. Encantado

del chico que conocí esa noche, totalmente convencidos

que la labor de justicieros ya estaba cumplida.

Después de una semana de conversaciones telefónicas

y chat, Diego y yo acordamos una primera

cita en un ambiente tranquilo.
53

Son las siete diez minutos de la tarde y corro por

el paseo Independencia, ya que, para variar, voy atrasado

a encontrarme con mi superhéroe de fantasía.

Al llegar a la esquina de la calle Bueras, reconozco

al Gladiador. Claro que esta vez no llevaba espada,

escudo ni menos armadura, sino que una vistosa

camiseta de fútbol color celeste de O’Higgins de

Rancagua. Equipo al cual le tengo simpatía, porque

soy rancagüino y solidarizo con mi entorno, considerando

que desde niño el fútbol y todo lo que tenga

que ver con 22 hombres corriendo tras una pelota,

jamás me interesó ni llamó la atención —salvo las

ocasiones en que me detuve para admirar a algunos

jugadores que tienen un cuerpo envidiable y provocaron

uno que otro movimiento hormonal en mí.

Mi sorpresa fue mayúscula. No lo podía creer.

Pero lo encantado que estaba con este chico me hizo

obviar su poco agraciado atuendo y nos adentramos

en una conversación de más de dos horas.

Me enteré de su fanatismo por el fútbol y lo importante

que era para él ser hincha de corazón de

O’Higgins. Hicimos un recorrido por toda la geografía

chilena de cada partido al cual había asistido

siguiendo al capo de provincia.

Fue fascinante escuchar sus relatos, anécdotas e

historias de alegrías por cada triunfo y también de

pena y frustración por las derrotas. Mis ganas de estar

con él y compartir su vida me llevaron a olvidar
54

y pasar por alto mi desinterés y el aburrimiento que

me provoca el deporte rey de nuestro país.

Yo, reconocido cinéfilo y fanático de la TV, logré

en estos cuatro meses de relación con Diego adentrarlo

en mi mundo y pasar momentos increíbles.

Siempre muy alejado del mundo futbolístico, acercándome

solo como oyente de los relatos que Diego

me compartía con tal entusiasmo que me hacían

recordar a un niño pequeño recibiendo su regalo soñado

en Navidad.

Una tarde que acordamos salir de compras, me

hace la pregunta del millón.

—Christián, mi amor ¿me acompañas al partido

de este fin de semana? —un silencio casi eterno pasa

entre los dos—. Nunca un novio me ha querido acompañar,

para mí sería muy importante que tú lo hicieras.

—¿Dónde es? —pregunto, esperando como respuesta

Arica o Puerto Montt.

—Es acá en Rancagua, y ya tengo las entradas —su

cara de ilusión me descoloca—. ¿Quieres ir conmigo?

Mi mente repasa todo lo que he visto en televisión,

las experiencias de Diego y otros amigos en un

estadio. Me armo de valor y le respondo:

—Sí, vamos, te acompaño. Aunque, te aclaro que

jamás he puesto un pie en un estadio y si me da miedo

o no me gusta el ambiente, me largo, ¿ok?

—No te preocupes, lo pasaremos increíble —su cara

de felicidad superaba al niño con su regalo preferido.
55

Estaba radiante, y yo más, de verlo tan contento. El

amor es así...

Llega el gran día. En casa de su madre, mi suegra,

están sus hermanas y ella vestidas de celeste

con las camisetas oficiales del club.

Desde una habitación aparece Diego con una camiseta

para mí. Por suerte era de mi talla y, debo

reconocerlo, el celeste me queda bastante bien.

Ya instalados en el estadio, después de hacer fila

por una hora, ansiosos porque se inicie el partido

contra Palestino por el torneo de la Copa Chile.

El árbitro, bastante buenmozo, por cierto, da el

pitazo inicial y empieza la fiesta. Fueron 90 minutos

de puro salto, gritos, canciones y mucho garabato

contra quien se cruzara frente a un crack celeste.

Diego estaba feliz por el triunfo de su O’Higgins

querido, junto a su barra amada, su familia y yo, el

único novio que lo ha entendido y compartido su

pasión por el fútbol. Y eso a mí me hacía feliz.

Lo pasé increíble. Incluso el intermedio a puro

completo y papas fritas, aun consciente de que

era una bomba de calorías, eran un manjar para

la ocasión.

Y así sucedieron más visitas al estadio. Incluso

viajamos a Viña del Mar y Santiago apoyando a

nuestro equipo ¡¡¡Sííí, nuestro equipo!!! Ya me sentía

celeste de corazón. Tanto así, que mi regalo de Navidad

fue una camiseta con mi nombre estampado;
56

estaba feliz y cada vez más enamorado de este chico

bueno para la pelota que me había mostrado un

mundo desconocido para mí y que me encantaba

cada día más.

Así llegó el 8 de febrero y el capo de provincia jugaba

ese fin de semana en Talcahuano. Diego estaba

ansioso por el viaje, yo no podía ir, debía resolver

asuntos familiares y, además, planificar lo que sería

nuestro primer día de San Valentín.

Esa mañana de viernes despedimos a los tres buses

repletos de hinchas, familias, parejas, amigos y

conocidos, llenos de ilusión por traer una conquista

a nuestra ciudad.

—Que te vaya excelente, pásalo increíble —le

dije a Diego, mientras lo abrazaba fuerte contra mi

cuerpo—. Cuídate mucho, te estaré esperando para

celebrar.

—Te extrañaré mucho —me dice—. Te amo.

Durante el viaje Diego y yo hablamos cada una

hora, todo iba excelente.

El partido contra Huachipato era esa misma noche

en el estadio El Morro. Me mantuve atento a

las transmisiones y celebré a la distancia cada tanto

que nos llevó al triunfo.

Diego y toda la hinchada estaban felices y eufóricos

por la victoria.

—Mi amor, creo que iremos a carretear a un lugar

a Tomé —me cuenta casi a punto de subir al bus.
57

—Qué bueno, pásalo bien y cuídate mucho. No

bebas tanto, ¿ok? —le hablo con ternura y deseos

de estar con él—. Te espero mañana. Te amo.

—Yo también te amo —me dice—. Bye, nos

vemos.

Intercambiamos un par de mensajes mientras

viajaba a su carrete.

Después de dos horas, no recibo respuestas. Me

preocupo y lo llamo, no logro comunicarme, directo

al buzón de voz. No sé nada. Suena mi celular a las

seis de la mañana, algo me dice que no debo atender,

se desata la tragedia y todo se derrumba. Vivo

el caos, mi corazón sangra y se destruye. Mi alma y

mi espíritu caen hacia un abismo sin retorno. Él ya

no está, era uno de los 16. Diego... mi Diego se fue...

¿Quién lo diría? Aquí estoy, alentando a nuestro

equipo, desde el centro de la barra, canto, bailo,

feliz de saber que en cada estadio estas tú y me

acompañas cantando y disfrutando juntos de nuestra

pasión. Ahora con mi camiseta con nuevo estampado

“Christián & Diego” ¿Quién lo diría...? Y

todo por amor.


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El grito sagrado

Francisco Olguín Orellana


Faltan dos minutos para el término del partido, el


marcador está 1-1 y el árbitro cobra la falta. Penal

a favor de mi equipo. Los rivales protestan porque

según ellos no hubo infracción.

Tomo la pelota, la acomodo y mientras tomo

distancia el entrenador me grita:

—¡Pégale con fe, pégale con fe!

El arquero se acerca y me dice que voy a fallar,

le manda saludos a mi madre y agrega que mi novia

me está engañando con mi vecino, por si las dudas

la busco entre el público y la veo que está mirando

atenta la acción tan nerviosa como yo. Sentí

un alivio.

Las barras de los dos equipos gritan y alientan

como si en eso se les fuera la vida. Están todos pendientes

de lo que va a pasar. Estoy nervioso. La situación

poco a poco me empieza a superar y culpo a

mi padre porque cuando recién caminaba me regaló

una pelota de fútbol y me empujó a este momento.

Tal vez si me hubiese enseñado a manejar sería piloto

de auto y no estaría en esta situación o si en vez
60

de una pelota me regalaba un lápiz y un cuaderno

sería artista y estaría ajeno a todo lo que pasa por

mi cabeza en este instante.

Si convierto el penal pasamos a la semifinal del

campeonato y si fallo las posibilidades de ser eliminados

aumentan. Ellos son mejores que nosotros y

estamos cansados porque corrimos casi todo el partido

detrás de la pelota. Están mas enteros que nosotros

y seguro que nos ganan en el alargue.

Pienso dónde voy a colocar el tiro, creo que debo

asegurar fuerte y al medio o tal vez un tiro esquinado

sería mejor. A lo mejor puedo picar la pelota

al estilo de Antonin Panenka en la final de la Eurocopa

de 1976 y tal como lo hizo el Loco Abreu en el

mundial de Sudáfrica, pero ¿y si el arquero me espera

y lo ataja? Sé que no puedo dudar el tiro, ¡creo

que voy a perder el penal!

Para colmo se acerca el capitán del equipo y me

dice:

—Pobre de voh que se te vaya.

Más que una frase de aliento fue como una amenaza

y yo aquí sigo sin decidir cómo pateo el penal,

que a esta altura parece un parto. Más encima empiezo

a recordar a grandes jugadores que fallaron

un penal decisivo. Me acorde de Juan Román Riquelme,

de Arjen Robben, de Bebeto y también de

Roberto Baggio. Ellos fallaron, y tienen mucha más

técnica que yo.
61

Miro hacia el arco y veo que el arquero se agranda,

parece que mide dos metros, y el arco se achica,

¿puede eso ser posible?

Lo que tengo claro es que si hago el gol me voy a

llenar de gloria, aunque sea por una semana, va a ser

lo más comentado en la población y cuando pasee

por las calles todos dirán “ese es el que hizo el gol

del triunfo” y en el bar los brindis serán en mi nombre.

Pero si fallo me van a culpar de la eliminación

y van a decir que yo tiré a la basura el esfuerzo de

toda una temporada, el momento más importante

en mucho tiempo de la historia del club, que hace

más de siete años que no se gana nada importante.

Suena el pito y el árbitro da la orden. No hay

vuelta atrás. Como dijo el Matador Salas cuando jugaba

por la Juventus y pateó un penal que dio en

el travesaño: “Había que elegir entre huaso rico o

huaso pobre”, y a él le salió huaso pobre.

Al final decido asegurar el tiro y pegarle fuerte

y arriba. Por suerte salió colocado y por bajo. El

arquero se tira hacia el lado contrario la pelota va

lejos de su alcance y se escucha la palabra mágica,

esa palabra que hace reír y llorar, esa palabra que

aprendemos cuando somos niños, como escuché

una vez por ahí, “el grito sagrado”.

—¡Gooooooool!

No fue el gol más lindo de la historia pero ¿a

quién le importa? Ganamos, y eso sí que importa.


63

El Dinamo de Kiev y el gol invisible

Carlos Humberto Rozas Pérez


Una tarde en Kiev salía nuevamente a buscar empleo.


Los años de la guerra destruyeron ciudades, familias

completas y mi empleo, ya que la reparación

y reconstrucción de las casas quizás llegue cuando

finalice la masacre. Me fui por la avenida principal

y doble unas cuadras cerca del estadio del Dinamo

de Kiev. Al caminar pensaba acerca de esas tardes

de fin de semana donde iba con mi hijo a ver al

Dinamo y luego a los bares a celebrar el triunfo por

la revolución. Ahora mi hijo está en la guerra, hace

días que no envía nada y el Dinamo ya no existe.

Nuevamente un día perdido.

Caminando cerca de mi casa, saludo a Iosif Kordik,

panadero conocido por el barrio quien siempre

saludaba cordialmente, pero esta vez, en especial,

había alegría en su rostro.

—Vladimir —me dijo alegre— camarada mío,

tengo algo que contarte.

—¿De qué se trata?

—Tengo a los jugadores del Dinamo trabajando

en mi panadería, ¡a los del glorioso Dinamo!
64

—¡Pero, qué! —dije sorprendido. El Dinamo de

Kiev, el equipo que había sido eliminado y suprimido

de toda competencia por los nazis debido a que

los socios y jugadores debían ser del partido comunista,

estaban trabajando en la tienda de uno de

mis más grandes camaradas— tú sabes que si los

nazis se enteran...

—Tranquilo, Vladimir, solo están haciendo pan,

aunque por lo malo, preferiría que jugaran al fútbol.

—¿Y viven en tu casa?

—Sí, estaban en la calle, como indigentes. Después

de la jornada siempre juegan en el patio trasero

de la panadería. Si quieres puedes ir a verlos

mañana —me dijo animado.

—Pero por supuesto que iré, y por cierto, no le

contaré a nadie que están allí —dije sigiloso al ver

tropas de las SS en la vereda contraria.

—Así me gusta, siempre prudente, nos vemos

mañana entonces, camarada Pankov —se despidió

Kordik y cada uno a su casa.

Al llegar no puede contarle a mi señora. Además

que las relaciones no habían estado muy buenas ya

que nuestro hijo no daba señales de vida.

Al otro día salí temprano. Fui donde Kordik y al

llegar a su local mis ojos se lagrimearon cuando me

abría la puerta Klimenko, el delantero del Dinamo.

Lo quise abrazar. Era el jugador favorito de mi hijo,

aunque su vestimenta distara mucho de la calidad
65

de estrella que tenía: zapatos horadados, delantal

blanco y una camisa de color rojo hacían a este panadero,

nuestro mayor ídolo. Lo saludé cordialmente

con un palmoteo en la espalda y entré al patio

donde después de hacer el pan, salían a jugar. Sin

duda no habían perdido su gracia, tocaban el balón

como si estuvieran en su cancha y hacían murallas

muy pulcramente.

—Participarán en un torneo —dijo alguien que

estaba sentado a mi lado— los traidores del Rukr y

los nazis con dos equipos los invitaron.

—Es un suicidio, los matarán al entrar a la cancha.

—Puede ser, pero también quisiera ver cómo destruyen

a los alemanes.

—¿Jugarán como Dinamo?

—No, jugarán como FC Start.

FC Start, equipo que con solo mirar su nombre

es completamente distinto al Dinamo, burgués, británico

y pareciera que sus jugadores fueran personas

de traje y sombrero de copa, perfecto nombre

para la realidad, el comienzo de algo nuevo. Ese día

de junio los vi salir a la cancha con vestimenta hecha

por ellos mismos y los siete goles que le metieron

a los traidores del Rukr los grité como si fuera

el fin de la guerra. Los partidos contra los aliados

de los nazis también fueron de ensueño y el pueblo

se fue feliz a sus casas. La esperanza es lo último

que se pierde y la valentía de esos jugadores hace
66

que las ganas de mi pueblo por ganar sean mucho

más fuertes.

A medida que seguían los partidos y las victorias,

a mí me dio la impresión que la historia no acabaría

bien. Era muy extraño que los nazis decidieran perder

limpiamente contra el Start, y aunque Kordik

estaba fascinado con las victorias, me acerque una

vez terminado un partido y le dije:

—¿No crees que ya es suficiente antes que los

maten?

—Así yo también lo creo, pero ellos quieren dar

su vida por darle una alegría al pueblo, ¿tú crees que

eso es más válido que dejar de luchar, tanto en el

campo de batalla como en la cancha?

—¿Y qué debemos hacer para que no sea en vano?

—Que esto lo sepa hasta el propio Hitler —dijo

mirando al cielo.

Días después de ver jugar al Dinamo, ahora llamado

FC Start, Iosif me informó que en el estadio

del Zenit iban a jugar el Start y el Flakelf, equipo

alemán invicto en toda Europa.

—¡Qué te dije, camarada! ¡Hitler escuchó y vendrá

con un equipo de estrellas! —gritó en mi puerta.

Me despabilé y salí con mi señora, que ya se había

enterado de todo, a pegar los afiches del partido. “Los

panaderos contra los pilotos”, “FC Start v/s Flakelf”,

“El juego del siglo”, decían los afiches donde me dieron

entradas gratis para verlo con mi esposa.
67

El sábado antes del partido se hizo una colecta

de dinero, el poco que había, para que el Start saliera

con indumentaria deportiva acorde al gran acontecimiento

que, quizás, sería el último para aquellos

héroes que jugaban por la patria. Con Klimenko, el

goleador del equipo que jugaba con los mismos zapatos

con los que trabajaba, nos habíamos hecho

amigos en las tardes de entrenamiento. Se ganó la

cordialidad de mi esposa e invitamos varias veces

al equipo a almorzar con Iosif y su hijo. Es así que

le regale a escondidas de Irina los zapatos de fútbol

de nuestro hijo para que destrozara a los alemanes.

Él, con lágrimas en los ojos, sabía que quizás sea el

último partido que pueda jugar y me lo agradeció en

el alma. Me dio un abrazo y se colocó los botines de

Iván, mi hijo, contra los alemanes del Flakelf.

Aquel partido fue un verdadero clásico, más de

veinte mil personas en el viejo Zenit viendo como

los panaderos del Start le ganaban por 5 a 3 a los alemanes

del Flakelf, perdiendo su invicto, su honor y

la gloria traída con ellos desde toda la Europa nazi.

Ahora los que tenían el dominio del juego eran los

del Start. Cuando terminaba el partido, Klimenko

comenzó a correr con la pelota, se paseaba y dejaba

de lado contrario a los defensas alemanes, corría

como si mi hijo estuviera en sus zapatos, él también

corría de esa manera, pasó a uno, dos, tres jugadores

alemanes, iba directo al arco, el arquero no
68

sabía a qué lado la pelota iría por la velocidad de

aquel camarada que estaba en nuestros corazones.

Klimenko se pasó al arquero y con el arco solo se

dirigió con la pelota a reventarlo. El grito lo tenía en

la garganta pero no quería salir, Klimenko no hizo el

gol, pegó la pelota a la línea del arco y la golpeó hacia

la mitad de la cancha. Todos quedamos callados

en el viejo Zenit.

El árbitro nazi que pitaba el partido no pudo

cobrar nada a favor de los alemanes aunque quisiera,

porque el Start no hizo nada para favorecer

el supuesto robo. Terminó el partido y el grito salió

desde mis tripas hacia el exterior. Klimenko le había

dado una bofetada a los alemanes. Klimenko,

el magnánimo, el que perdonó la goleada histórica

del poderoso Start ante los del Flakelf. Aunque

todos sabíamos cómo terminaría la historia, todos

estaban felices de que por fin éramos superiores y

sin apelación ante el enemigo, que ahora con balón

en mano se retiraba del campo del Zenit sin decir

una palabra.

Días después, y luego de que los traidores del

Rukr quisieran una revancha, que terminó en una

nueva derrota ante los panaderos, llegaron los de la

Gestapo a la casa de Iosif. A Nikolai, jugador miembro

de la KGB lo fusilaron al instante. A mi amigo

y camarada Kordik y a su hijo los encarcelaron por

proteger a los comunistas. A Klimenko con los otros
69

se los llevaron a los campos de concentración. La

calle estaba en silencio, la alegría del fútbol había

quedado de luto por el Dinamo. Nunca probé un

pan más malo como los que hacían ellos, pero, a la

vez, nunca pude ver un fútbol más lindo como el

que jugaban día a día. Dicen que Klimenko murió

torturado ocupando los botines que le regalé de mi

hijo, de él nunca más supe, pero lo más probable es

que se haya enterado, con alegría en su rostro, de un

equipo que derrotó a los nazis y los masacró en la

cancha, el FC Start.


71

Tarde de fútbol

Gonzalo Serrano del Pozo


—¡Aló!


—¿Aló?

—Mi amor, ¿puedes ver si fue penal?

—¿Qué?

—En la tele, ve si fue penal.

—Pero ¿tú no ibas a ir al estadio?

—Sí poh, aquí estoy, por eso queremos saber si

fue penal.

—¿El árbitro lo cobró?

—No, no lo cobró.

—Entonces, obvio que no fue penal.

—Sí, mi amor sí fue, nos están saqueando de

nuevo, ¿puedes ir a ver?

—Espérate... Ya, llegué a la pieza. Mi amor, se

me había olvidado contarte, adivina con quien está

pololeando el Nachito.

—Mi amor, por favor, apúrate.

—Qué pesao, espera... No, no están dando el

partido. ¿Seguro que estás en el estadio?

—Sí, mi amor, no escuchas a la gente. No aparece el

partido porque estás viendo el básico, no el premium.
72

—¿Y nosotros tenemos ese canal?

—Sí...

—¿Cuándo lo contratamos?

—Ay, mi amor, por favor, lo contraté contigo,

cuando el día de la mamá querías que me quedara a

ver el partido y que no fuera al estadio.

—Ah, tienes razón.

—Mi amor, el penal.

—Yaaa, ¿qué canal es?

—El ciento sesenta y cinco.

—¿Existe el ciento treinta y cinco?

—¡Sí! ¡Sí existe! ¡¡Pero te dije ciento SESENTA y

cinco!!

—No me grites, si no apago al tiro la tele.

—¡Por favor!

—Ya, ahí estoy viendo el partido. No, no han

mostrado nada.

—Ya lo tienen que haber mostrado. ¡Te demoraste

mucho!

—¿Cómo que me demoré? Me apuré un montón

y más encima casi se me quema un queque que tengo

en el horno... Oye, van perdiendo, pucha que son

malos, la próxima vez quédate en la casa, mira que

me dejas sola y te echo mucho de menos.

—Yaaaa, gracias, nos vemos.

—...¿Viste? Te dije que iba a llamar. Ponte la ropa

y ándate, que está por terminar el partido y por culpa

de estos malos puede llegar en cualquier momento.
73

El cambio eterno

Fernando Torres Gutiérrez


El Guatón Coke era un entusiasta del fútbol. Pese a


no ser dotado tanto física como técnicamente nunca

vio menoscabado su entusiasmo por el deporte

que practicaba. Cada día sábado estaba presente en

las canchas donde su equipo de barrio participaba

en el campeonato de viejos crack. La camiseta con

el número 4 siempre estaba disponible para él. También

era costumbre que Guatón Coke, a pesar de ser

uno de los primeros en llegar a la cancha y que nunca

tuvo problemas en cancelar los $1.000 que pagaba

cada jugador por concepto de camiseta, era el único

que tenía asegurado jugar solo el primer tiempo de

cada partido. Siempre fue el candidato número uno

para ser sustituido después de jugado este, lo que en

cierto modo lo molestaba porque él no consideraba

que fuera tan malo para la pelota. Pero la realidad

era esa y Guatón Coke todos los sábados jugaba solo

los 35 minutos que duraba cada tiempo en esa categoría.

Ese día era especial, algo en su cabeza le decía

que esta vez sería distinto y que por primera vez en

su vida jugaría un partido completo.
74

Como siempre, el partido comenzó a la hora;

Guatón Coke, con el número 4 en la espalda, sabía

que sería su gran partido.

A poco de empezado el encuentro, uno de los

centrales del equipo, el número 3, comete un error

garrafal. Uno a cero a favor del rival. El partido se

tornó intenso, con oportunidades de gol en ambos

arcos. Guatón Coke jugaba un partido correcto,

cumpliendo con la función que se le había encomendado:

cuidar con su vida la banda izquierda, y

lo estaba cumpliendo muy bien, por lo que la confianza

en el mismo crecía y si seguía de esa manera

no había razón para ser sustituido esta vez. El

partido siguió con la misma intensidad hasta que a

poco de terminar el primer tiempo, el otro central

que jugaba con el número 5 en su espalda comete

un error. Dos a cero a favor del equipo contrario.

Esto en cierto modo no molestó mucho a Guatón

Coke, ya que los errores de los centrales sumados

a su buen desempeño eran la razón perfecta para

no ser sustituido como siempre y eso en su mente

lo tenía claro y era el argumento que utilizaría

como defensa.

Termina el primer tiempo del partido. Guatón

Coke cruza el campo de juego para acercarse al lugar

donde se reunía el equipo a refrescarse bajo la

única sombra de un árbol que había en la cancha

y al ver que había una gran cantidad de jugadores
75

que esperaban su oportunidad para entrar en el segundo

tiempo y sabiendo que lo lógico era que se

efectuaran un par de cambios para intentar revertir

el marcador adverso, desacelera su paso y empieza

a elaborar lo que sería su defensa en caso de que

quisieran sustituirlo. A pocos metros de llegar donde

sus compañero, con su cara roja producto del

esfuerzo del partido y del calor que hacía en ese mes

de verano, Guatón Coke toma aire, se acerca donde

están los demás y con voz imponente dice:

—No creo que hoy día me saquen a mí si la cagá

está entre el 3 y el 5.

Todos miran a Guatón Coke hasta que el entrenador

del equipo le responde:

—Si la cagá está entre el 3 y el 5, sales tú, que

eres el 4.

Guatón Coke nunca jugó un partido completo.


77

El Negro Irala

José Luis Villegas Agüero


Mi hermano Mario corría por toda la casa buscando


una escalera y una linterna, mientras el tío Jaime

me llamaba desde el segundo piso de la casa. Pepe,

me decía, sube tú, eres más chico. Si bien era el

menor de los hermanos, no me creía tan chico, no

en vano tenía ya 10 años y me la pasaba todo el día

jugando o pensando en la pelota.

Ese verano como todos los veranos estaba en la

casa de mi tía Leo en Puerto Montt. La casa familiar

era grande, con techos muy altos, de madera, con

tejuelas de alerce, muy típica de la zona sur. Ciudad

lluviosa y fría, pero que me encantaba visitar

cada vez que tenía vacaciones, no sé si por la ciudad

misma o por estar con mi tía, a la que amaba y veía

como a mi abuelita.

Ese día, mi tía le contó al tío Jaime y a mi hermano

que en el entretecho del segundo piso se encontraban

varias cajas con cosas antiguas, lo que

generó una gran inquietud en ellos. La oscuridad del

lugar y el acceso pequeño hicieron que pensaran en

mí para subir. El tío Jaime afirmaba una mesa en la
78

cual pusieron una silla; en ella se paró Mario y yo

debí escalar por su espalda para alcanzar el enigmático

acceso a este mundo oscuro y lleno de cajas.

No pude ver mucho pues sentía miedo de estar

ahí. Solo atiné a tomar dos cajas pequeñas que estaban

en la orilla y que eran muy pesadas para mí.

Las empujé y se las pasé a mi hermano para que las

bajara. Aún desde el entretecho, pude ver cómo el

tío Jaime abría las cajas y, para sorpresa de todos,

solo había antiguas revistas de fútbol. Algunas eran
muy grandes y se llamaban Gol y Gol y otras que nunca


había visto, pero de las que mi padre me había
hablado más de una vez, las revistas Estadio.


Esas revistas no parecieron interesarles mucho,

pero a mí me alucinaron desde la primera vez. No sé

si fue el color o el olor que emanaban de sus páginas.

Las fotos de esas grandes leyendas como Leonel

Sánchez, Carlos Campos, Jorge Toro, Misael Escuti,

Ignacio Prieto, Carlos Caszely, Chamaco Valdés, y

también de otros jugadores que nunca había visto.

Las fotos increíbles de los goles con los fotógrafos

dentro de la cancha, casi como unos delanteros

más, empujando la pelota hacia dentro del arco.

Desde aquel día me hice dueño de todas las revistas

descubiertas, cual explorador de nuevos mundos

tras encontrar un valioso tesoro. Las guardé

conmigo todas las vacaciones, mientras la radio y

los diarios informaban de las pretemporadas de los
79

equipos nacionales. La U recién volvía a jugar en

primera y jugaba un amistoso con el equipo de la

ciudad y mi hermano, fanático de los azules, me invitó

al hermoso Estadio Chinquihue a verlo. Como

buen pinganilla me escabullí entre las rejas para

llegar hasta los camarines y conocer a los jugadores

en persona. Ahí estaban Horacio Rivas, Patato

Martínez, un joven Luis Musrri, Walter Mella, el argentino

Pepe Castro que venía con gran cartel de

goleador, entre otros. Ese día Puerto Montt goleó

a la U con un rotundo 3 a 0 con una tripleta del

delantero Sergio Casas. El regreso a casa a pie fue

extraño, con mi hermano enojado por la goleada y

yo feliz por el triunfo de Puerto-Puerto.

El verano llegó a su fin y con ello el regreso a

Constitución y yo llevándome el nuevo tesoro encontrado,

mis revistas antiguas, las cuales agrandarían

mi gran colección. Mi padre me compraba
todas las semanas las revistas de fútbol Deporte Total,

Triunfo y una que me encantaba más que ninguna, la

Minuto 90. No olvido muchas de ellas que mostraban,


a través de las fotos, las imágenes de los partidos

que domingo a domingo escuchaba por la radio. Fotos

de la Vieja Reinoso, de Pelitos Percudani, Marcelo

Trobianni, Barticcioto, el Negro Salgado, el Káiser

Pizarro, entre otros.

La llegada a Constitución fue muy alegre, con

un día hermoso de sol, pues aún quedaba algo de
80

verano. Mi madre, mis hermanos y mi padre esperándonos

para tomar desayuno con los milcaos y

galletas caseras que mi tía envío desde Puerto Montt.

Pero para mí lo más importante eran mis nuevas

revistas antiguas. Corrí a mostrárselas a mis amigos,

tan fanáticos de la pelota como yo y por supuesto a

mi padre quien finalmente era el dueño original de

esas revistas, cuando era pequeño y vivía en el sur.

Su alegría fue enorme al ver lo que habíamos

rescatado, trayendo consigo una parte importante

de su infancia. Las miraba y hojeaba con gran dedicación

hasta llegar a una contratapa que mostraba

una formación de Santiago Morning, tal como estilaba
la revista Estadio cada semana.


—Pepe, ven. Mira el arquero que aparece acá,

¿lo reconoces? —me dijo.

No tenía idea quién era ese arquero, me llamó

la atención que se vestía entero de negro y tenía

un peinado engominado. Era grande, maceteado y

moreno, muy moreno.

—¿Quién es, papá? —le dije.

—Es el Negro Irala —me contestó—. Vive acá en
Conti y va siempre al estadio.


Yo no lo podía creer ¿qué hacía este arquero en
Conti?, si era una estrella de los bohemios, una leyenda,


inalcanzable.

Ese sábado me dio vuelta toda la noche lo que mi

papá me había dicho ¿Será posible que este jugador
81

parecido a la Araña Negra, viva en Constitución y

que nadie lo conozca? ¿Cómo puede ser que nadie lo

reconozca, que no se le pusiera su nombre a alguna

calle? ¿O será que mi papá estaba equivocado y lo

confundía?

El domingo desperté con el sol en la cara, como

despertándome para disfrutar de lo hermoso del

día. Mi mamá apurándome para que la acompañe

a la misa de las 12 en la parroquia. Yo feliz la

acompañaba, mal que mal, estuve lejos de ella casi

tres meses.

Al salir de la misa pasamos a comprar los diarios,

un helado y empanadas para el almuerzo y nos

fuimos hasta la casa rápidamente. Comí más rápido

que nunca, me lavé los dientes, busqué mis revistas

y me fui corriendo hasta el estadio Enrique Donn.

Como cada domingo se disputaba la liga local con

varios equipos que jugaban todo el día. Algunos en

la cancha principal y al mismo tiempo, los viejos

cracks jugaban en la cancha de tierra. Yo me paraba

arriba de la tribuna y así podía ver los 2 partidos

a la vez.

Recuerdo que ese día quería ver el partido entre

el Alameda, que vestía de azul, y el Club 5 de

Abril, que vestía con los mismos colores de Colo

Colo, con pantalones negros y camiseta blanca. Era

lo más cercano a ver un superclásico entre los albos

y azules. Yo, colocolino de corazón, hinchaba por
82

el 5 de Abril. Desde la tribuna me relataba el partido

solo para mí, como si la pelota la llevara Sergio

Díaz, Ricardo Dabrowski, Hugo González o el chico

Hoffens.

El partido estaba un poco tedioso. El 0 a 0 hacía

que la gente pifiara o le gritara garabatos a los

jugadores. Yo hojeaba mi revista y miraba entre el

público, por si podía reconocer al héroe no reconocido

por nadie. Terminó el primer tiempo y pensé en

mi mamá y el tiempo que habíamos estado lejos, así

que pensé aprovechar los 15 minutos del entretiempo

para correr las dos cuadras a mi casa y acompañarla

un rato. Salí del estadio a la calle Rosas y crucé

la vereda, pasando por fuera de la fuente de soda

donde se juntaban los parroquianos futboleros, viejos

solitarios que se tomaban sus copitas y discutían

de fútbol y de la vida. Entre ellos un caballero alto

y muy moreno, con una copa de vino en la mano,

sus ojos rojos que miraban desde la barra a todos

los demás, como no queriendo compartir con nadie.

Su mirada era triste, sus gestos eran de hastío, de

enojo, con el ceño fruncido.

Ahí me quedé, mirándolo con vergüenza y temor.

¿Qué hago? ¿Será mi ídolo anónimo? ¿Será que

está enojado y borracho? ¿Será el mismo que se vestía

de negro y tapaba todo en el famoso Chaguito

Morning? No creo, si fuera él no estaría solo, la gente

se le acercaría a saludarlo o a pedirle autógrafos.
83

No sé que hacer, mejor me voy para la casa a ver a

mi mamá o me devuelvo al estadio a ver si el superclásico

mejora y llegan los goles. Tomo aire, respiro

profundo y se me ocurre entrar a la fuente de soda

y pedir un completo.

Ahí estaba, en la barra, al lado de mi héroe anónimo,

futbolista profesional, comiéndome un completo

rápidamente, nervioso, mirando de reojo,

hasta que ocurrió el momento.

—¿Qué hacís, cabro? —me dijo.

—Nada —respondí.

—¿Por qué me mirái tanto entonces?

—Es que no sé qué decirle, pero tengo un regalo

para usted.

Rápidamente saqué la revista y se la pasé con la

contratapa de la formación del Santiago Morning.

—Tómela, es para usted —le dije cada vez más

nervioso.

La miró, respiró, miró hacia el cielo y cuando dio

vuelta su cabeza para mirarme, pude ver sus ojos

llorosos y sus grandes manos de arquero que temblaban,

cuando una lágrima rodó hasta caer sobre

la revista. Sin decir nada me abrazó. Su abrazo duró

casi un minuto, en total silencio, luego me soltó,

tomó su vaso y se lo tomó al seco. Tomó la revista

y caminó hacia la salida. Yo lo seguía con la mirada

hasta que se dio vuelta y ya casi desde la calle

me dijo:
84

—Yo soy el Negro Irala —y siguió su camino.

Luego de aquel día nunca más lo volví a ver. Yo

iba al estadio con la intención de verlo nuevamente

y conversar con él, quizás invitarlo a la casa y presentárselo

a mi papá para hablar de tantas historias

de fútbol que debía saber, pero no, nunca más

apareció.

Nunca más en el estadio ni en la fuente de soda,

nunca más supe nada del Negro Irala ni de la revista,

quizás volvió a su anonimato, quizás volvió a su

soledad, quizás volvió a sus recuerdos.
85

Prisa

Sergio Zúñiga


Érase un hombre común y corriente

que trabajaba en una oficina en el centro de

Santiago y que, además, como una actividad

personal, jugaba en el equipo de fútbol amateur

de su barrio.

El sujeto estaba atrapado por el ritmo

de la ciudad, siempre de prisa, y su trabajo

no lo estaba haciendo bien. Incluso corría el

riesgo de perder la pega. Todo lo hacía atarantadamente

porque pensaba que mientras

antes mejor.

En la casa no compartía con su familia.

Siempre estaba ocupado, apurado. Y pasaba

los días diciendo hagamos esto de prisa, no

hay tiempo que perder, adelantemos trabajo.

El equipo de fútbol tenía serias posibilidades

de alcanzar la final y si ganaban

recibirían una buena suma de dinero, lo que
86

aumentaba su ansiedad. Y efectivamente llegó

el gran día, el partido de sus sueños. Serían

campeones y si anotaba un gol recibiría, además,

un bono extra.

Preocupado llegó a la cancha cuando todavía

no había nadie y cuando por fin llegaron

todos los jugadores él apuraba al árbitro para

que diera inicio luego al partido.

El primer tiempo terminó cero a cero y

en el descanso él se dedicó a sermonear a sus

compañeros.

Por diferencia de goles, al equipo

no le servía el empate, tenían que ganar sí o sí

o perder el título.

En el tiempo complementario el gol llegó

en el minuto 89 cuando nuestro hombre en

un salto milagroso metió la pelota en el arco

contrario, anotando el gol del triunfo.

Sus problemas quedaban en el pasado,

gloria y dinero.

Pero cuando estaba celebrando

miró rápidamente hacia el borde de la cancha

y vio al juez de línea con la banderola en alto.

El árbitro anuló el gol por posición de

adelanto.
87

Pitazo final

Hernán Zúñiga


Sur de Chile. Mayo de 1960. Domingo. 14:30 horas,


hermoso día otoñal con un agradable sol tibio

y un prístino cielo azul. En esos momentos está por

comenzar un partido oficial en la Cancha Municipal

del pueblo, ubicada junto a la playa, donde se

enfrentarán el equipo local versus el de la localidad

costera vecina. Los jugadores de cada elenco se

están cambiando de ropa, a la orilla de la cancha,

para vestir los colores representativos de su bando.

Cerca del campo de juego se han instalado algunas

ramadas improvisadas donde se venden empanadas

fritas, chicha de manzana, vino y cerveza. En

una pampita colindante con el rústico estadio, un

grupo de niños juegan su propia pichanga a pata

pelá con una pelota de trapo. El ambiente es festivo

y las arengas de los hinchas se confunden con

las risotadas de los caseros y las vendedoras de las

fondas. Muchos integrantes de las barras son jinetes

ataviados con sus ponchos de lana, espuelas de

metal oxidado y sombreros de ala corta. Los caballos,

amarrados a las estacas, pastan mansamente
88

mientras sus amos se divierten en esta típica tarde

deportiva dominical.

El árbitro llama a los capitanes de cada equipo,

tira una moneda al aire, se define quién parte, la

dirección en que atacará cada uno y se da el pitazo

inicial. Una banda de bronces ameniza el ambiente.

15:00 horas, un fuerte temblor detiene el partido

oficial y la improvisada pichanga de los cabros

chicos. Después de los comentarios correspondientes

se reinicia el partido y la pichanga. Se escuchan

gritos de aliento, carcajadas y uno que otro insulto

al señor árbitro. La banda de bronces sigue tocando

sin descanso y los parroquianos están cada vez

más contentos y dicharacheros y las chiquillas de

las ramadas más risueñas y coquetas.

15:15 horas. Los caballos se muestran inquietos

y tratan de zafarse de sus amarras, los perros que

estaban comiendo las sobras del comistrajo aúllan

y arrancan con la cola entre las piernas, las gallinas

del vecindario cacarean y revolotean asustadas,

los corderos balan, los chanchos gruñen y las vacas

mugen inquietas. El reino animal está alborotado

sin motivo aparente. De pronto empieza de nuevo a

temblar, primero suavemente y luego cada vez con

más fuerza, se escuchan tenebrosos ruidos subterráneos,

los caballos rompen sus amarras y el resto de

la fauna aumenta sus voces onomatopéyicas huyendo

despavorida en distintas direcciones.
89

Los jugadores en medio de la cancha no pueden

mantenerse de pie e intentan pararse inútilmente

una y otra vez. Se escuchan rezos y lamentos, promesas

de arrepentimiento, maldiciones y blasfemias,

gritos histéricos, llantos desgarradores, en fin,

una locura colectiva donde cada uno vive su propia

tragedia. De pronto sobresale un grito desgarrador:

—Se sale la mar, se sale la mar...

15:30 horas: el partido terminó 0-0, las olas se

llevaron todo a su paso, milagrosamente se salvaron

los arcos de la cancha, y ahora todo descansa en

paz. Nadie escuchó el pitazo final.


Relatos de escritores chilenos



93

Mi noche triste

Fernando Emmerich


Aquel verano todos hablaban del Campeonato Sudamericano,


que se jugaba en Santiago. Descubrí la
revista Estadio; vi en sus portadas a los grandes astros


de Sudamérica, fui conociendo sus nombres, famas

y figuras, y los colores de sus camisetas, la celeste

uruguaya, la verdeamarilla de los brasileños... Y vi a

los jugadores que representaban al deporte nacional

mezclado con el patriotismo: Juanito Alcántara

vistiendo la entonces blanca camiseta de Chile, los

despejes del Huaso Florencia Barrera, las chilenas

del Chico Vásquez, las vistosas atajadas del Sapo,

colgándose de la pelota en el aire.

Los chilenos habían derrotado más o menos fácilmente

a los colombianos y a los ecuatorianos, como

todos esperaban, y luego vencieron 1-0 a los uruguayos

y empataron a uno con los argentinos, con sendos

goles del puntero izquierdo Desiderio Medina,

los dos a los dos minutos del primer tiempo, tornando

centros enviados desde la derecha, uno con

una espectacular palomita, el otro metiendo justo la

pierna izquierda, y se me grabó la figura del arquero
94

argentino Ricardo, vencido, quedándose pegado al

piso, conteniendo el salto que habría resultado ya

demasiado tardío, mirando entrar la pelota con sus

ojos de gato agazapado sin poder hacer nada.

Se acercaba el último partido de Chile, decisivo,

contra el Brasil. Si los chilenos ganaban alcanzarían

el título de campeones, compartiéndolo con los argentinos,

y justo ese día se nos descompuso la radio.

La mandarnos arreglar, apresuradamente, pero el

Negro Leiva nos dijo que de ninguna manera podría

tenerla lista para esa noche. Yo estaba desconsolado.

Roberto, al saberlo, me dijo:

—Lo puedes oír en la casa de mis tíos.

Roberto era un par de años mayor que nosotros.

A veces nos trataba como a cabros chicos, compasivamente.

Solíamos conversar (y discutir) con él

sentados a la sombra de un aromo, frente al seco

pastizal donde se levantó después la mansión de los

Meneses, y que mientras tanto hervía de langostas,

que aleteaban sobre los arbustos, y de lagartijas,

que se deslizaban bajo los matorrales. Roberto

había cumplido ya los 16, era un joven, y nosotros

andábamos recién en los 13 o los 14. Yo cumpliría 14

a fines de marzo. Roberto venía todos los veranos

de Santiago a pasar unos días con sus tíos, vecinos

nuestros. El tío de Roberto era viajante. Un señor

gordito, medio calvo, que solía partir y regresar

periódicamente con una maleta. Su esposa era una
95

mujer más bien baja, de pelo castaño; parecía querer

aumentar su estatura con un peinado crecedoramente

alto y con los grandes tacos de corcho de

un par de zapatos que se ataba con unos cordones

en el empeine. No tenían hijos, y vivían en una casita

entrando por un costado del chalé de dos pisos

de los Adriazola, a quienes les arrendaban la casita.

Esa noche Roberto ya no estaría, pues debía volver

a Santiago, y tampoco estaría su tío, porque, como

era viajante, andaba viajando. Estaría la tía sola.

—Te puedes ir a escuchar el partido a la casa de

mis tíos —repitió protectoramente Roberto.

Esa tarde, antes de irse a Santiago, pasó por mi

casa y me dijo que ningún problema, que su tía le

había dicho que bueno, que fuera no más, con toda

confianza, esa noche.

Fui. La señora me hizo pasar al dormitorio matrimonial,

donde tenía la radio, sobre un velador,

cerca de una de las dos camas, que se hallaban un

poco separadas.

—Préndala usted mismo. Porque usted sabrá

dónde quiere sintonizarla. Yo nunca escucho partidos;

no entiendo nada de deportes —dijo, como si

eso fuera motivo para pedir disculpas.

El partido comenzó, como estaba programado,

a las 10 de la noche. Los partidos nunca se atrasan,

empiezan siempre a la hora.

La señora entraba y salía de la pieza.
96

—¿Cómo van? —me preguntaba por preguntar—

¿Siguen igual?

Yo hasta ese momento no había visto nunca jugar

un partido, y no conocía muy bien las reglas.

Chile había conseguido ya un gol, anotado por el

puntero derecho, Manuel Piñeiro, pero se lo habían

anulado por una falta cometida por el jugador y debidamente

penalizada. Me pregunté qué falta pudo

haber cometido Manuel Piñeiro, y cómo sería sancionado

además de anularle su gol, si no lo llevarían

detenido los carabineros al terminar el encuentro.

En el segundo tiempo, ya eran más de las 11 de la

noche, la señora, después de haber entrado y salido

varias veces tanto al dormitorio como al baño y la

cocina, se sentó frente a mí, pero en la cama más distante,

y, mirándome, se descalzó para meterse vestida

en la cama. Yo no tenía más remedio que verla —o

cerrar ostentosamente los ojos o, más ostentosamente

todavía, volverme—, pues ella me había puesto

cerca de la radio, junto al velador, una silla colocada

justamente hacia las camas. Metida bajo la colcha y

la sábana de arriba, ella se fue desvistiendo. Se sacó

primero el vestido, quedando en enaguas. Luego se

sacó las enaguas para ponerse una camisa de dormir.

Yo trataba de no mirarla. Ella me dijo:

—Perdóneme que me desvista en esta forma,

pero como tenemos tan poca confianza, pues nos

venimos conociendo recién...
97

Me pregunté qué querría decir. ¿Que si nos tuviéramos

más confianza, si nos conociéramos mejor,

ella se habría desvestido sin meterse debajo de

la colcha?

Pero no seguí pensando en eso, porque se produjo

el gol del Brasil, marcado por Heleno de Freitas,

el centrodelantero que había salido en la portada de
la revista Estadio luciendo su pinta de actor de cine,


como había comentado mi tía Teresa (“en vez de
salir en Estadio pudo aparecer en la tapa del Écran”).


Chile no pudo empatar, y el partido terminó con el

triunfo del Brasil por la cuenta mínima, y sentí la

primera de las numerosas tristezas y frustraciones

que sufriría durante mi vida debido a mi condición

de chileno, causadas por derrotas deportivas, muchas

ante los brasileños, precisamente. Al terminar

el partido apagué la radio. Ya iban a ser las 12 de la

noche. Le di las gracias a la señora.

—¿Se va? —preguntó. Luego: — ¡Qué pena! iQué

pena que perdimos!

Pero no parecía sentir mucho la derrota. Me

miró fijamente. Y:

—Por favor, cierre bien la puerta —me pidió

cuando yo iba saliendo.

Volví tristemente a mi casa, doliéndome la gran

oportunidad que habíamos perdido esa noche frente

al Brasil.


99

La pena máxima

Luis López-Aliaga


Yamila Morales está triste. Esteban, su vecino, le


ha dicho que ya no quiere seguir con ella. Yamila

camina sola durante largo rato y luego se sienta a un

costado de la cancha de polvo donde entrenan Las

Panteras. La cancha es muy grande para tan pocas

chicas. Solo ocupan la mitad más cercana a los focos

del alumbrado público. Después de algunos ejercicios

viene el juego. Les falta una para armar dos

equipos de siete. Yamila acepta. La rabia y la pena la

empujan a correr sin descanso. Es rápida. Y fuerte.

La invitan a integrarse a Las Panteras. Juegan todos

los fines de semana el Intercomunal organizado por

la ANFA. Yamila se gana un puesto de titular. Aunque

solo hay dos reservas y la entrenadora es también

la defensa central. Y la capitana.

Yamila juega de lateral derecho. Lateral-volante,

le explica la capitana. Sube y baja, defiende y ataca,

durante todo el partido, incansable. A mitad de

campeonato Yamila se entera de que Esteban está

saliendo con una chica de otra villa. Sufre un bajón

futbolístico. No se concentra, no regresa a defender
100

a tiempo, pierde balones fáciles. La dejan en la banca

durante los siguientes dos partidos. Pero Yamila

se sobrepone. Recupera el puesto justo antes de los

cuartos de final. Y Las Panteras siguen avanzando.

Juegan la final contra el 21 de Mayo de Puente Alto.

En las tribunas está Esteban. Viene a ver a su novia.

Ella es la arquera del 21 de Mayo. Solo tres goles

en ocho partidos. El campeonato se decide a último

minuto. Un penal dudoso que ninguna de Las

Panteras se atreve a patear. La capitana dice estar

acalambrada. Entonces Yamila toma la pelota, decidida.

Se para frente a su rival, dispuesta a definir

el campeonato. Esteban observa de pie, apoyado sobre

una viga de madera, con una lata de cerveza en

la mano.
101

Los tres palos

Reinaldo Edmundo Marchant


Siempre esos partidos eran aburridos, como el


clima de las tres de la tarde, viscoso, la atmósfera

pegadiza y esa canícula brutal que ardía en la

mollera. Alrededor serpenteaba una lentitud de espanto.

Apenas unos atrevidos caminaban un trecho

con una botellita de líquido adherida a la comisura.

A esa hora jugaba el equipo de la Tercera División,

dando inicio a la larga jornada de la tarde. Y

había que sacrificarse frente al calor montaraz. En

eso consiste la pasión, el fútbol vital. Llegaba buena

cantidad de público que desafiaban a esa pesada

gelatina sin ventilación y se perdían la siesta del

domingo; había motivo para ir a la cancha. Jugaba

el Pájaro, un arquero sensacional, ágil, un poco

loco, de físico esmirriado, huesudo, con una chasca

desmedida, caótica, que le raspaba los hombros y

le daba un aire de Sansón en decadencia; con fama

de imbatible, de acróbata de los tres palos, atajaba

como quería, con una mano, levantando una pierna,

usando la cabeza, bajándola de pecho, y hasta

colgado sobre el travesaño.
102

El famoso guardavalla tenía una costumbre algo

rara, que asomó siendo niño: apenas comenzaba el

partido subía al travesaño de un brinco. De pie o

sentado en la madera observaba el partido, a veces

liando un cigarrillo, chupando una caluga o parado

cuan largo era. Cuando el trámite del pleito invitaba

a un festín de bostezos, daba órdenes, gritaba a todo

pulmón con su voz ronca y reclamaba aplicación a

sus compañeros. Naturalmente, lo hacía para que

despertaran. También aplaudía las buenas jugadas y

nunca dejaba de rezongarle al árbitro. Frente a una

maniobra de real peligro en su área, se impulsaba

como un resorte a la cancha y con un cálculo impresionante

tapaba los disparos, evitaba goles, cortaba

centros cabeceando la de cuero, o volaba desde esa

altura para sacar con la mano los tiros a media altura.

Alejado el riesgo, volvía a la altura de los palos

con suprema naturalidad. De vez en vez, se distraía

contemplando las vastas y lejanas geografías. Parecía

un mono atajando pelotas, un librepensador o

un ángel que añoraba regresar al lecho de los cielos.

La gente lo aplaudía a rabiar. ¡Los fanáticos vienen

a disfrutar a esos pocos que rompen los esquemas

y se salen de la abulia formal de las cosas!

La imagen de verlo meditabundo, sentado o caminando

por la madera era de una belleza indescriptible.

El escaso público reconocía con palmas su

originalidad.
103

Los árbitros no sabían si era lícito que jugara

encaramado en el travesaño. De modo que solo le

pedían que no fuera a lastimarse. El Pájaro reía casi

indolente. Se tenía fe. Confianza. Para él resultaba

más seguro estar en el aire que pisando el suelo.

Contaba que veía mejor los engaños, las burlas y las

gambetas de los rivales, “y las injusticias de los ricos,

por supuesto”, filosofaba. Entonces, si la situación

lo requería, volaba para contener los avances. Era

una costumbre que desarrolló desde la tierna infancia,

cuando vivía más en las copas de los árboles, en

los tejados de las casas, que en la quemante tierra;

odiaba el dolor de las calles, la contaminación humana

y el hedor insano que emanaban los basurales.

El récord de subir y bajar en un mismo cotejo

lo realizó un domingo 1 de noviembre, se elevó y

descendió 33 veces, similar al número de años de

Jesucristo. “Nunca fui más feliz que aquella vez”,

recordaba a menudo con luminosa nostalgia.

Naturalmente, en muchas ocasiones le encajaron

sendas dianas desde treinta y cinco metros de

distancia, que lo sorprendieron. Lo dejaron sin reacción.

Eran los costos de la audacia. Empero, se

había dado el lujo de atajar lanzamientos penales

ubicado en el centro del travesaño, ¡arriba! Nadie, ni

él siquiera, podía explicar cómo pudo llegar a esas

pelotas golpeadas con bronca a 12 metros de la línea

del pórtico.
104

En una oportunidad, un puntero vivaracho le

mandó un potente tiro a media altura. El Pájaro,

antes que sacara el disparo, intuyó la intención del

jugador y en una décima de segundo ya estaba preparado:

cuando vio que el balón transitaba velozmente

por el firmamento, se colgó sujetando los

pies en el madero y desvió el esférico balanceándose

con la rapidez de un chimpancé. Hasta el árbitro

celebró el invento.

En cambio, cuando el partido era aburrido en

extremo, se recostaba a lo largo del travesaño, como

si estuviera en la playa mirando la pletórica belleza

de un mar en calma, sacaba desde las medias un

cigarrillo —no podía estar sin fumar—, lo encendía

y parecía feliz de la vida trepado en esa altura del

arco. Un par de ocasiones permitió soberanamente

que los rivales marcaran un gol para avivar la contienda

y entretener a los fanáticos que lo venían

a ver.

El Pájaro fue realmente un excelente golero.

Podría haber jugado en Primera junto a las demás

estrellas del Unión Milán: lo perjudicaba su peculiar

estilo. Varios entrenadores le ofrecieron subirlo

de categoría a cambio de “civilizar” su forma de

jugar. No le interesaban este tipo de ofertas. Las

desdeñaba.

—Si lo hago, muero como jugador y persona; yo

así entiendo la vida... —explicaba.
105

A decir verdad, no le importaba en cuál equipo

lo ponían, sino que le permitieran jugar donde más

se sentía feliz y se divirtiera: arriba del travesaño.

Alguna vez alguien le preguntó por qué atajaba de

esa manera, y contestó que el puesto de arquero era

una especie de desgracia, había que aliviarlo con algo

de locura y de poesía, entonces se le ocurrió aquello

de subir al palo, caminar y correr de memoria sin

caerse, mientras el gentío gozaba de lo lindo y sus

compañeros defendían la redonda en la mitad de la

cancha. “Las grandes creaciones del mundo se han

conquistado con un pie más arriba de la tierra”, solía

decir en la sede del club. Pocos atendían sus palabras.

Para desdicha de él y de su hinchada, sobrevino

una tarde negra.

Su equipo disputaba el tercer lugar en el campeonato.

Era el último pleito del año. Y llegó demasiada

gente. Incluso merodeaba la cancha un periodista

de un diario popular que quería escribir una nota

sobre el insólito guardavalla.

Los nervios traicionaron a sus compañeros y al

entrenador. En el camarín le suplicaron que, ¡por

única vez!, defendiera el arco abajo, a la manera

tradicional.

—¡No puedo! —respondió el Pájaro—. Va contra

mis principios... Además un periodista de un diario

está preparando un reportaje sobre mi forma de jugar

—remató.
106

No lo convencieron.

Y el partido empezó. Apenas pudo, voló ágilmente

hasta el travesaño. Mientras peregrinaba por

la madera, con las manos en la cintura, chascas al

viento, un fotógrafo le sacó varias instantáneas. Parecía

un pájaro de carne y hueso desafiando a la raza

humana. Por primera vez el entrenador insistía a

viva voz que descendiera de los palos. El Pájaro escuchaba

la demanda, pero la ignoraba con evidente

desdén.

Atajó un par de pelotas fáciles. Quiso la suerte

que alcanzara a desviar de manera espectacular un

balón que se colaba en el “rincón de las arañas”.

Voló hasta el otro extremo para salvar su valla.

Aplausos endemoniados del público y nuevas

peticiones del entrenador y de sus compañeros para

que jugara a ras de piso. Volvió a ignorarlos.

Se cumplían casi 30 minutos del primer tiempo,

cuando un delantero del equipo contrario sacó

un disparo impresionante; él vio el movimiento del

pie izquierdo, mas no pudo adivinar la trayectoria

del balón, que se acercó haciendo cabriolas, un zigzag

extraño, como que iba a un lugar y luego se

desviaba, y acabó por golpear de forma violenta en

pleno abdomen de El Pájaro, quien reaccionó tardíamente,

embolsando el balón contra su estómago,

afirmándolo seguro en los guantes; sin embargo,

el impacto le hizo perder el equilibrio, sus pies se
107

enredaron y cayó desgraciadamente dentro de su

arco. Gol. Lo tapizaron con garabatos de grueso calibre,

recordándole las zonas nobles y reproductoras

de sus más preciados familiares. Para colmo, el entrenador

lo cambió...

—¡No te quiero ver más! —le gritó el técnico,

ofuscado.

El Pájaro, avergonzado, cariacontecido, entristecido

como jamás se le vio, dio media vuelta, sacó los

guantes, los botó, y echó a caminar por la línea del

ferrocarril. En el trayecto se detuvo para quitarse

los zapatos, haciendo un nudo con los cordones y

colgándolos, a la manera de un animal cazado, en

el hombro. Iba llorando. Desapareció bajo esa tarde

que recordaba a los difuntos del mundo. Lo último

que se le vio fue la chasca flotando a medida que

se perdía. Nunca más regresó. Se retiró del fútbol.

La sombra de su cabello fue la única imagen que la

gente recordaría muchos años más tarde, porque la

otra imagen, aquella de verlo pendido en el travesaño,

arriba de la tierra quemante, que evocaba a

un sufriente cristo, esa había que haberla visto para

contarla: ¡era de una belleza indescriptible...!


109

El Mundial del 62

Sergio Mardones Labra


Días antes de que empezara el Mundial del 62 mi


papá me llevó al estadio Braden y me enseñó mi

asiento numerado. “Vamos por Millán hasta que llegamos

al estadio. Entras a la galería Rengo y buscas

el número 960, que está en la quinta fila de asientos,

al lado derecho del marcador”. Era una indicación

fácil y, de hecho, al momento de ingresar al partido

inaugural no me costó nada dar con la ubicación.

Me pareció que los demás murmuraban llenos de

admiración: “Mira, la edad que tiene ese niño y ya

sabe llegar solo al estadio”. Lo intuía en ciertos gestos

del público, pero ahora pienso que pesaba más

mi fantasía.

En Rancagua jugaban Argentina y Bulgaria. A los

3 minutos Argentina metió un gol en el arco sur, el

único que hubo en el partido, un disparo cruzado,

y una pila de argentinos se puso a celebrar en las

tribunas; no recuerdo nada más. A esa misma hora

Chile debutaba en Santiago con Suiza y los pocos

espectadores del estadio Braden estaban más preocupados

de lo que sucedía en el Estadio Nacional
110

que del encuentro que veían con sus propios ojos.

Cada vez que allá Chile hacía un gol, acá se escuchaba

un griterío y los equipos se desconcentraban,

pero seguían jugando. Todos los asientos habían

sido cubiertos con cojines de maicillo y haciendo

una gracia yo volví con seis cojines a la casa, “de recuerdo”.

Mi mamá me esperaba en la puerta y gritó

de alegría. Mi papá recién apareció en horas de la

madrugada: los triunfos de la selección le sirvieron

de excusa perfecta para farrear de lo lindo durante

los 17 días que duró el Mundial.

La señorita Olaya, que era nuestra profesora de

música, nos enseñó a los miembros del coro el himno

nacional de Argentina y nos llevó a cantarlo a la

Escuela 9, que guardaba el pabellón del país vecino.

La Escuela 9 era la escuela de niñas y estaba al lado

de la Escuela 1, de niños, donde yo estudiaba, mejor

dicho donde iba a clases, ya que por esos tiempos

aún no me había puesto responsable. Ambas

escuelas públicas se habían construido hacía poco

tiempo; al frente se levantaban los enormes muros

de la cárcel, desde donde se había fugado el preso

Cobián, dicen que acusado injustamente de asesinar
al dueño del diario El Rancagüino, pero ese es otro


tema. El hecho fue que días antes del Mundial en

la Escuela 9 se organizó una modesta ceremonia de

homenaje a la selección argentina, a la cual asistieron

todas las estrellas del plantel. Al finalizar el
111

himno los jugadores se nos acercaron y el arquero

Roma me dio la mano.

Mi papá, que siempre fue democrático y protector,

había comprado dos abonos, que le costaron

carísimos. La primera serie de boletos, para su uso,

correspondía a los partidos del Estadio Nacional,

donde jugaba Chile y donde se desarrollaría una semifinal

y la final. El otro abono fue para la sede de

Rancagua, que repartió entre el Lucho, el Julio y yo.

Para el partido de cuartos de final entre Hungría y

Checoslovaquia, que vimos los cuatro en Rancagua,

compró entradas extras. Además hizo un canje con

su vecino de asiento en Santiago. Cada uno sacrificaba

dos partidos a cambio de poder asistir con un

familiar a otros dos. Así el Vitorio (debut y despedida,

por ser demasiado chico) pudo ver en Santiago a

Italia versus Suiza. A mí me llevó a ver a Alemania

contra Suiza.

Tenía 9 años y confieso que no vibré con el Mundial;

los partidos no me quitaban el sueño. Para mí

el Mundial fue más un magno evento deportivo,

una obligación imperdible, la noticia del año, que

una pasión. Mientras Chile enfrentaba a Brasil, disputa

que le podía dar nada menos que el paso a

la final, yo jugaba a las bolitas detrás del quiosco

del tío Pablo. La final entre Brasil y Checoslovaquia

me la perdí porque preferí ir a la matiné del cine

Rex. En cambio mi mamá, que no entendía nada de
112

fútbol, acudió esa tarde soleada del 17 de junio a la

Plaza de los Héroes, donde se instaló un televisor

que transmitió a la masa de rancagüinos el triunfo

de Brasil. La definición del tercer puesto la vi por

televisión en una casa de la población Rubio que

generosamente abrió sus puertas a los vecinos. El

living se llenó de gente, habría unas 30 personas,

y yo por ser niño me senté en el suelo, muy cerca

de la pantalla. Para ver televisión en Rancagua en

esos años había que conectarle al receptor una antena

gigantesca que captara la señal emitida desde

Santiago. De ese partido recuerdo unos monos que

se desplazaban por la cancha en blanco y negro entre

los miles de puntos de nieve titilantes que ensuciaban

la pantalla. Aun así, al momento del gol

de Eladio Rojas en el último minuto, Chile jugando

prácticamente con ocho hombres, todos saltamos

como locos en la habitación.

Para mí el Mundial se fue agigantando con el

tiempo. ¡Ese partido con Rusia en Arica! Lev Yashin,

la Araña Negra, desconcertado ante el zurdazo de

Leonel. Y el tremendo taponazo de Eladio Rojas desde

30 metros, algunos dicen 35 y ya hay quienes hablan

de 40. La noche de esa histórica victoria se me

grabó a fuego una frase del Maestro Lucho, pronunciada

en mi casa. “Ya estamos entre los cuatro primeros”,

comentó eufórico el hermano de la tía Lila,

que se ganaba la vida como carpintero. Todo se veía
113

movido. La gente corría de un sitio a otro de la casa.

La frase del Maestro Lucho a la que aludo fue dicha

en la cocina; me parece que la dijo de lado, pero al

momento siguiente la cocina estaba vacía. Todas las

luces se encontraban encendidas y de cualquier rincón

irrumpían ecos de voces triunfales.

Luego de ese triunfo vino lo esperado, la profecía

autocumplida. Habíamos volado demasiado lejos,

llegamos a los pies del Olimpo y al levantar la cabeza

vimos algo así como el Castillo de Kafka. No hay

vacantes; laureles reservados hace cien años. La tragedia

estaba escrita, solo había que representarla en

el teatro griego a cielo abierto. Debía perderse con

Brasil; se perdió con Brasil. Debía ganársele a Yugoslavia;

se le ganó a Yugoslavia. Pero debía ganársele

con heroísmo; se le ganó con heroísmo. Nunca en

la vida hubo algo más perfecto para Chile; el tercer

puesto encajó como pieza de un rompecabezas mitológico.

Se juega el último minuto, Chile espera el

espantoso alargue con tres hombres lesionados que

hacen número en la cancha del Estadio Nacional,

impresionante zapatazo de Eladio, Marcovic desvía

la pelota, el arquero Soskic se retuerce y llega tarde,

la pelota se anida en el fondo de la red y el estadio

se levanta, se le hinchan las venas del cuello a Julio

Martínez Prádanos, se inicia el paseo de Riera en

andas, los jugadores dan la vuelta olímpica, la Plaza

de Armas de Santiago aplaude por la noche a un
114

negro de Brasil montado en un caballo blanco, Brasil

gana al otro día el título y en Praga los checos se

levantan el lunes a mirar los diarios en los quioscos,

se detienen en la foto de Mauro con la copa Jules

Rimet y siguen caminando, no compran el diario, el

Mundial se ha terminado.

Los archivos fílmicos que hasta hoy siguen sumándose

en YouTube han creado una interpretación

particular de ese momento de la historia. Para los

más jóvenes el Mundial del 62 es un episodio de

media hora en blanco y negro; sería inconcebible

que aquello equivaliera a “nuestros días”, en que

el mundo está normal, viste normal, camina corre

y piensa normal. El pasado tiene algo de ridículo,

aun en la forma de hablar de las personas. Supiera

la gente cuán parecida es no lo creería. Dicen que

los hombres prehistóricos sentían celos y que había

dramas pasionales en la cueva de Altamira, no

puede ser, si eran poco menos que animales.
115

El hombre es un golazo de Dios

Erick Pohlhammer


“Los marcianos han llegado ya

a jugar fútbol al Monumental.”

Poeta Jorge Ragal

Yo no creía en los marcianos. Ni siquiera cuando leí

Crónicas marcianas de Ray Bradbury. Pero una noche


entró un marciano por la ventana de mi pieza (no

es chiste) y se sentó a los pies de mi cama, y me

empezó a hablar de fútbol.

Sabía tanto de fútbol el marciano, que no tuve

tiempo ni de preguntarle su nombre. Sabía él, que

Fernando Riera había sido el deté de la Roja en

el mundial del 62 “será una fiesta universal/ del

deporte del balón”, ubicaba hasta a Germán Casas,

cantó canciones de los Ramblers, hasta me

habló del enfoque taoísta de Riera del fútbol, ese

del “toque-toque-toque: el gol sale solo” que le

carga al gran Eduardo Bonvalet, pero es la clave

del éxito del Barcelona, que deja lona a sus rivales

al sumarle, a este viejo esquema exitoso, afluencia

y velocidad.
116

La carucha verdosa del marciano resplandeció

un instante bajo el efecto radiante luz de la luna

lechosa: un ojo glauco; el otro, cerúleo. Muy bellos:

achinaditos. Como los del Chino Lihn. Debido a

que no sentí miedo ni lo discriminé (por ser marciano)

(y de Marte) (los contactados dicen que son

más bellos los venusianos), y me encantaba escucharlo

hablar de fútbol, se le soltó, aún más, la

lengua y tipín dos de la mañana, se fue “en volá”,

como diría la Pati, y empezó a darme las formaciones

de la U de los 60, San Luis de Quillota de los

70, el Colo de los 80, Unión la Calera de los 90,

Palestino del 2000, y hasta del actual Temuco de

Marcelo Salas que, según él, tiene alas, no solo en

los talones de los pies, sino en su inmortal alma

astral universal.

Me cayó bien el marciano. Buena onda. De repente

quise hablarle de cine, y me dijo:

—Qué más películas quieres que tus propias películas

mentales y la película incesante de la vida

cotidiana, y si quieres películas de acción, te llevo

en mi nave espacial y viajamos “por el tiempo ilusorio”

a la guerra de Vietnam.

Pensé: el fútbol lo apasiona más. Entonces, y

para sorprenderlo, le dije —parejito, de corrido—,

la formación del Lazio de los tiempos de oro de

Marcelo Salas. Y se la dije —parejito y de corrido—:

Marchegiani, Negro, Nesta, Mihajlovic, Pancaro,
117

Sensini, Simeone, Ravanelli, Stankovic, Verón, Nevdev,

Salas.

Se puso de pie, a lo Pedro Carcuro, y aplaudió.

—Bravo, bravo —dijo—. El que cultiva la memoria

construye un palacio en su conciencia, hecho

de imágenes y dulzura —y se puso a hacer dibujitos

con una pelota imaginaria imitando a la Bruja Verón,

en el círculo central del piso de tablas de mi

pieza luminosa.

—A ver, ¿en qué equipo jugó Iván Zamorano,

cuando Marcelo Salas Jugaba por Lazio?

No vaciló:

—Por el Inter, junto a Di Baggio, Peruzi y Seedorf,

corría el año 2000.

—Ya estamos en 2013. El tiempo vuela —le dije.

—No, son ustedes, los terrestres, los que vuelan,

de planeta en planeta, encarnación tras encarnación,

de galaxia en galaxia, son muy afortunados; en

cambio nosotros, los marcianos, estamos encadenados

a Marte, como la pelota a la red o el banderín

del córner a un ángulo recto, de 90 grados.

“Pelota en la red, pelota en la red: mató-mató-

mató-mató”, canté, e ipso facto nombró a Ernesto

Díaz Correa. ¿Cómo podrá un marciano oír

a un relator de fútbol? ¿Tendrán radios a pila? Una

pila de preguntas se apiló en mi cabeza. Me puse

las pilas y le pregunté por los tres mejores arqueros

chilenos de todos los tiempos.
118

Dijo que el mejor arquero de Chile había sido

Cóndor Rojas, seguido de Osbén y Sapo Livingstone;

encontraba fuera de serie a Gonzalo Dalsasso de

Everton y a Felipe Núñez de Palestino.

Luego me dio una cátedra de fútbol, la que resumo

al máximo: manifestó que Chita Cruz fue

mejor que Chumpitaz; expresó que Rosenthal fue

el Romario del Pacífico, y se fue al Glasgow de

Escocia demasiado temprano; alabó el fútbol sinfónico

de Bielsa; destacó al ingeniero Pellegrini;

criticó al Fantasma Figueroa por enojón; soslayó

los errores de Beckenbauer (pasaba de Chile a Alemania

como si nada. Los marcianos son cuánticos:

saltan del punto A al punto C sin pasar por

el punto B, como la poesía astral del poeta Ragal);

fustigó las falencias defensivas; puso entre paréntesis

la idea de que “no hay mejor defensa que un

buen ataque”; valoró el fútbol italiano, pero discrepó

con dejar todo al contraataque: no en vano

el Imperio Romano cayó por esquemas demasiado

defensivos: se abstuvo de opinar de la frase de Valdano

“El fútbol es un juego que consiste en cerrar

y abrir espacios”. Le exigí al menos una sola razón.

Esto dijo:

—Y qué pasa si un equipo sale a la cancha decidido

a defenderse SIN EL MENOR INTERÉS EN

ABRIR LA DEFENSA RIVAL. Le basta el cero a cero.

¿Deja de jugar al fútbol por eso?
119

Allí me dejó marcando ocupado. Allí me cayó

la teja —recién— que era hiper lúcido. Más inteligente

al menos que Valdano, que es muy pero muy

inteligente.

Tras cartón, evocó a Elías Figueroa: “de Calera,

siendo una caña de bambú, pasó a Santiago

Wanderers, y en Wanderers se convirtió en un roble

enorme; todo quien pasa por Wanders (así dijo:

Wanders), como Moisés Villarroel, o Juan Olivares,

el Gordon Banks del equipo caturro, y tantos otros,

será futura estrella cristalizada.

Y dele con Wanderito. Y Valparaíso: uno de los

cinco puertos más mágicos del mundo. Los conocía

todos. Incluido el Puerto de Palos, de donde zarpó

Colón a descubrir América en 1492.

Y ahí, sentadito, muy cómodo, a los pies de mi

cama, recordó ese año cuando Jorge el Peineta Garcés,

tiró parriiiiba a Wanderiiito. Así dijo: Wanderiiito:

alargando la letra “i” tres veces.

Y yo cachúo, como dice la Pati, qué onda, socio,

tanto con Wanderers, y ¡¡¡otra vez!!!, como si fuese

ventrílocuo, del colosal relator Nicanor Molinare de

la Plaza, —parejito y de corrido— nombró, uno por

uno, a la verdosa oncena porteña, como sus propias

mejillas verdosas: Toro, Garrido, González, Robles,

Villarroel, Neveu, Vergano, Pérez, Vega (Marcelo

Vega) Otta, Soyo y Navia ¿El Choro Navia? Sí, el

mismísimo... Choro... Navia...
120

A esta altura de mi relato quiero decir que la

semana pasada en El Monte, a 15 kilómetros de la
noble ciudad de La Calera, según el diario El Mercurio

de Valparaíso, murió de un infarto de miocardio una


anciana al “entrar por la ventana de su pieza un ser

no identificado y sentarse a los pies de su cama”.

Alcanzó a llamar —por celular— a su única hermana,

a la ciudad de Limache.
Eso había leído yo, en El Mercurio de Valparaíso, la


semana pasada.

Pensar en eso me puso estúpido. Al estúpido

ponerme, se me vino la noche encima: quizá este

enano verde no sea tan inocente. Eso pensé. Pero

no, era mi propia mente: me estaba sugestionando.

¡Qué culpa tenía él, quizá el ser traslúcido más

angélico del universo entero, de mi falaz ignorancia

humana; de mi total “falta de conciencia cósmica”,

como diría Stephen Hawkins de nosotros.

Estuve al borde de meterme un autogol.

Nuestra mentecita “loca” nos mete “autogoles”

estúpidos impresionantes.

Seguro leyó mi mente. (Son telepáticos.) Y plim

plim plim, más veloz que una finta de Garrincha,

zarpó, a la noche inmensa, en su fúlgida y melódica

nave espacial.

Se fue por un “pliegue” de la antimateria cósmica.

Solo alcancé a... VER —con nitidez— (Matta)

una vistosa insignia de Santiago Wanderers, con sus
121

tres estrellas —1958, 1968, 2001—, dibujadas de manera

prolija y exquisita, a un costado tornasol de su

pequeña nave holográfica, parecida los autos “huevitos”

de los 60, y me puse a llorar de emoción.

Cuando dejé de llorar, dirigí la vista hacia mi

almohada, y sobre ella, el visitante cuántico había

dejado escrito, sobre la funda blanca, a modo de

graffiti con tinta verdosa, como de tinta instantánea,

esta frase: “El hombre es un golazo de Dios”.

Cuando se fue en el Ovni, caché, por la insignia, que

era de Wanderito.


123

Los gigantes de Talca

Luis Urrutia O’Nell (Chomsky)


Una de las gratificaciones de la profesión de periodista


es que le permite a uno conocer a personas a las

que ha admirado en una cancha de fútbol. En 1988
reuní para la revista Triunfo a los gigantes de Talca,


los arqueros argentinos nacionalizados de Rangers,

Walter Behrends y Arturo Rodenak. En 1998 volví a
entrevistarlos juntos, ahora para la revista Don Balón.


En esos años los hinchas bromeaban que Rangers

compraba los arqueros por metros... “Por nuestra

estatura, nos saludamos desde dos cuadras de

distancia y por el tamaño de los manos en lugar de

guantes podríamos haber usado guateros”, sonreían.

Contando únicamente los partidos oficiales, el

Flaco Behrends defendió a Rangers en 169 oportunidades;

Palitroque Rodenak, en 93 y lo dirigió como

entrenador 138 veces.

Behrends llegó a Talca en 1953 y cuatro años

después recomendó a Rodenak, “mi compañero en

Gimnasia y Esgrima de La Plata. Con él asistíamos

dos o tres veces por semana a las milongas y así hicimos

la amistad”.
124

En 1957, Rangers debía varios meses de sueldo a

sus jugadores y “por esas cosas de los dirigentes” se

determinó que solamente los que salieran a la cancha

recibirían dinero. Entonces, los compadres se

turnaron para acusar lesiones inexistentes: “El campeonato

tenía 26 fechas y cada uno actuó en 13”.

Sin darnos cuenta, se cayó en el tema de la edad.

“Tenemos la misma edad y somos del mismo barrio”,

anunció Behrends, quien enseñó espontáneamente

su cédula de identidad donde rezaba: Walter

Carlos Behrends Danovara, nacido el 24 de septiembre

de 1929.

Rodenak exclamó: “Él se tiró al agua solo. Yo soy

menor dos años” y sacó su documentación: Arturo

Emilio Rodenak Karaba. Fecha de nacimiento: 13 de

abril de 1931.

—¡Qué venís a lesear! —lo insultó Behrends—.

Tenés los papeles arreglados, si vos sos de octubre y

te llevo 20 días... ¿Qué tontería es esa de que naciste

en abril? .

—¿Le crees a la libreta de enrolamiento (servicio

militar)? —se defendió Rodenak—. Te la muestro

en mi casa.

Luego, relajado, Rodenak confesó:

—Cuando jugué en Bolivia, en el Oriente Petrolero

de Cochabamba, cierta vez se me acercó el

presidente del club con una revista en la mano y

me preguntó: “¿A qué edad debutó usted en Primera
125

División?” Le respondí que a los 16 años. El presi
continuó: “Eso entendía yo, pero aquí en Mundo

Deportivo aparece el pibe Rodenak; según la fecha y


la edad que usted dice, tendría que haber debutado

a los 6 años... ¿Qué vamos a hacer?” Yo le pedí:

¡Regáleme la revista! .

En agosto de 1960, Behrends se lesionó en un

partido con Colo Colo en Talca. Como en esa época

no se permitían los cambios, un compañero se puso

al arco y el Flaco se fue de puntero derecho. Y así le

convirtió un gol de cabeza a los albos.

Otra de Rodenak: “Yo jugaba en Audax Italiano y

el Chico Orlando Villegas, de Ferrobadminton, arrancó

en contragolpe en el estadio Santa Laura, pero llegué

primero. Cuando tenía la pelota en las manos, a

la pasada me tocó el trasero... Rechacé el balón con

el pie, todo el mundo, incluido el árbitro y los guardalíneas,

se quedó mirando la pelota, y con el revés

de la mano le pegué en el tabique nasal. Resultó fracturado.

No había camilla y con el rostro bañado en

sangre lo sacaron en unos sacos paperos... Un diario

tituló: ‘Matonaje en el fútbol. Un grandote golpeó

a un chico’ (mayo de 1964). En el Tribunal de Penas

me dieron dos fechas de castigo y una multa del 15

por ciento del sueldo. A los integrantes les sugerí:

Che, ¿no pueden ponerle que fue un accidente de

trabajo? Años después nos encontramos y Villegas

me abrazó, dijo que yo lo había hecho famoso”.
126

Otra de Palitroque: “Luego del 5-0 al Ballet Azul

en el Estadio Nacional (agosto de 1963), una multitud

nos esperaba en la estación de trenes de Talca.

Levantaban a los jugadores y los llevaban hasta la plaza.

Para evitar eso, salté un muro de metro y medio,

pero al otro lado había dos metros de profundidad.

Me saqué la mugrienta, me hice una herida en la ceja

izquierda, en la cabeza y quedé todo magullado. Tengo

más huesos quebrados que un dinosaurio de museo...”

—Ya sé —intervino Behrends que no se había

rendido—. Cambiaste la foto de tu hermano, él es

de 1931.

Uno de los chascarros inolvidables de Rodenak

tenía que ver con Honorino Landa, de Unión Española:

“Una vez en el estadio Santa Laura, el Nino

me quitó la gorra, la escondió bajo la camiseta y

tuve que correr para quitársela mientras el público

se mataba de la risa. El árbitro era Mario Gasc.

En otra ocasión, hizo lo mismo en el estadio Fiscal

de Talca, lo perseguí hasta la mitad de la cancha y

cuando lo alcancé, delante del juez Domingo Santos

me preguntó: ‘¿Cuál jockey? ’. Se lo sacó de entre

el pantalón y me dijo: ‘Te lo regalo’. En 1987 viajé

a Santiago a los funerales del Nino Landa y Alberto

Fouillioux me gritó: ‘¿Viniste a buscar la gorra? ’

Tiene humor negro el Tito, ¿eh?”.

El lunes 24 de septiembre de 2012 me llamó por

teléfono Arturo Rodenak, desde Talca. Me agradeció
127

dos veces —antes ya lo había hecho— una nota que

le hice en mayo pasado. Le señalé a mi pareja: “¡Se

está despidiendo!” Lo mismo le dije ese día al colega

Juan Cristóbal Guarello. La noche del miércoles

26 de septiembre el profesor Juan Carlos Guzmán,

un amigo talquino, me informó de la muerte de

Palitroque...

Los dos gigantes chacoteaban con la edad y la

sonrisa los asemejaba. Quizá la diferencia fue que

en tanto Walter tomó el fútbol en serio y la vida

en broma, Arturo tomó el fútbol como espectáculo

y la vida en serio... No es frecuente que dos personas

tengan tantas cosas en común: nacieron en

Argentina, en La Plata, vivían en el mismo barrio,

fueron arqueros, jugaron en Gimnasia y Esgrima de

La Plata, vinieron a Chile, defendieron a Rangers,

medían 1,91 metro, pesaban 90 kilos, calzaban 45,

se nacionalizaron (Behrends en 1958, Rodenak en

1962), se radicaron en Talca, sufrieron diabetes, les

amputaron la pierna izquierda, murieron en Talca

(Behrends en 2005, Rodenak en 2012) y están sepultados

en el mismo cementerio, pese a que la ciudad

tiene tres.


129

Autores

Ganadores

Marco Montenegro Muñoz , lector público y músico, 45



años, Ñuñoa.

Jorge Alejandro Bolbarán Celedón , contador auditor,



35 años, Valparaíso.



scar Llantén Castillo , teniente de Carabineros de Chile



y periodista, 36 años, Ñuñoa.

Menciones honrosas

Esteban Abarzúa , periodista, 42 años, La Florida.

Hernán Felipe Godoy Rojas , estudiante de diseño, 23 años,



Copiapó.

Eduardo Mancilla , estudiante, 24 años, Temuco.

Raúl Molina Rivera , administrativo de abastecimiento,



38 años, Rancagua.

Francisco Olguín Orellana , encargado de mantención en



un colegio, 34 años, Quilpué.

130

Carlos Humberto Rozas Pérez , profesor, 25 años, San



Joaquín.

Gonzalo Serrano del Pozo , profesor, 36 años, Concón.

Fernando Torres Gutiérrez , profesor de inglés, 38 años,



Quinta Normal.

José Luis Villegas Agüero , asistente social, 34 años,



Puerto Montt.

Sergio Zúñiga , comunicador social, 31 años, San Miguel.

Hernán Zúñiga , jubilado de la Marina Mercante y patrón



de nave menor, 71 años, Valdivia.

Relatos de escritores chilenos

Fernando Emmerich , narrador y ensayista, 81 años, Ñuñoa.

Luis López-Aliaga , escritor y guionista, 45 años, Ñuñoa.

Reinaldo Edmundo Marchant , escritor, 55 años, San Miguel.

Sergio Mardones Labra , periodista, 60 años, Ñuñoa.

Erick Pohlhammer , poeta, 58 años, La Reina.

Luis Urrutia O’Nell (Chomsky) , periodista, profesor universitario



y escritor, 61 años, Santiago Centro.



Publicaciones Cultura es una serie de proyectos editoriales sin



fines de lucro del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que tiene

por objeto difundir contenidos, programas y proyectos relacionados

con la misión de la institución.

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Ministro Presidente del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes

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Subdirector Nacional

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Directora de Contenidos y Proyectos

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Editor y productor editorial

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Editor y productor editorial

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Directora de Arte

Martín Lecaros Palumbo


Diseñador



 

 


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